martes, 14 de mayo de 2019



DON RAFAEL

¡Rafael! ¡Qué recuerdos me trae escuchar su nombre! Se refiera a quien sea siempre lo recuerdo a usted. 

Muchos le consideraron un vividor pero para mí fue un maestro. Nunca le vi trabajar pero le vi vivir. 

Era difícil comprender como usted había llegado a donde llegó. Empezando por su título de aparejador. No sé podía entender cómo una persona, a la que no veíamos  estudiar nunca nada y leer sólo el diario o novelas policíacas, hubiera tenido un título universitario. 

Lo pude intuir cuando nos explicó a los compañeros de trabajo su examen de dibujo en el primer curso de la universidad. Como tenía claro que no aprobaría nunca esa asignatura se buscó un enchufe con el examinador. Lo obtuvo a través de un titulado amigo de su padre y del que le examinaba. Aún así no se fiaba que le fueran a aprobar y por ello contrató a un delineante para que hiciera el dibujo por usted. ¡Que risas cuando nos contó como exclamó el profesor "vaya es la primera vez que me recomiendan a uno que sabe dibujar"!

Sí, fueron risas lo que más recibí de usted en aquellos primeros años de trabajo en la administración. Risas y olor a tabaco de los tres paquetes diarios que se fumaba.
No le costaba nada contar anecdotas de su vida. Nos dijo que, cuando acabó la carrera, trabajó unos años en la construcción de casas en el nuevo Loriguilla hasta que se fue a Málaga donde, según nos dijo, dejó de trabajar para empezar a vivir. 

Entendía usted por vivir el levantarse a las 10 para ir a desayunar con los clientes, para tomar un aperitivo o incluso ir a comer con ellos. Se podía entender de sus palabras que tras la comida se acababa el ajetreo. Vivió vendiendo pisos de Sofico Renta hasta que, con la crisis del petróleo, se descubrió la estafa y se quedó sin trabajo.

Usted fue de los que nació de pie. Su mujer, con título de abogada aún no estrenado, le trajo de nuevo a Valencia. Aquí ella se puso a ejercer en el bufete de su hermana. 

Pero un señor con su reputación no podía ser un mantenido siendo padre de tres hijos. Volvió a tocar los contactos necesarios para que, antes que vinieran cambios democráticos, pudiera obtener un puesto de "empleado público". Lo digo así para no usar la palabra trabajo relacionada con su desempeño profesional.

Era aún más incomprensible para sus compañeros que hubiese aprobado una oposición. Los enchufes tuvieron que trabajar mucho ya que un funcionario de un pueblo se empeñó en ganar la plaza que le habían creado para usted. Aquel osado no lo consiguió y yo solo puedo decir que me alegro mucho no haber tenido que estar en ese tribunal calificador.

Otros le criticaban en el despacho sin valorar el magnífico ambiente de trabajo que creaba. Siempre escuchabas una risa, un buen chiste y sus exageraciones del calibre "No hago más porque si me encargo yo os dejo a todos sin trabajo”.

Tenía usted la curiosa cualidad de poder decir las burradas que le apetecía a quien quería y hacerle reir con la ofensa. Con las compañeras era bien diferente. A ellas nunca las menospreciaba, era todo un caballero. Era machista, como los hombres de su época, pero educado. 

Fuera del trabajo, donde era el juerguista mayor, se dedicaba a tratar de seducir a cuantas más chicas -o no tan chicas- podía. Agradecía la compañía de los dos pipiolos recien llegados al despacho. Eramos un buen anzuelo para acercarse a ellas. Nunca me sentí utilizado ya que, con su colaboración, viví el período de vida de más éxito con las mujeres.

Fuera del despacho era la mejor compañía para divertirse. La máxima expresión se producía en fallas. Era usted el "alma mater" de una falla donde sus componentes nunca le dejaron ser ni presidente ni tesorero, pero era usted el que mandaba y decidía donde y como gastar el dinero. 

La falla era de la mínima categoría, pero las verbenas, el bar, las comidas y la fiesta era de primera categoría.

Participamos gustosos de su inventiva. Así, una vez, fuimos porteadores del féretro en el entierro ficticio de un fallero. Nos acompañaban otros falleros que daban desgarradores  gemidos de dolor por la pérdida. Este cortejo fúnebre llegó al puticlub del barrio donde intentamos entrar infructuosamente. Al final el muerto revivió en la puerta del puticlub y no dentro como pretendíamos.

Fue una pérdida que lo trasladaran al laboratorio del área de carreteras. Allí descubrió nuevos compañeros que lo quisieron aún más que nosotros. En el despacho fui yo quien le echó mucho de menos.

Al menos seguimos viéndonos. Los dos pipiolos con su maestro salíamos de cena y copas o quedábamos para unas partidas de poker donde siempre nos ganaba. Tengo muy viva en mi memoria la imagen suya saliendo al balcón de mi casa una la noche gritando: "¡Policía, vengan a detenerme. Estoy robando a mis amigos!". Desde aquella noche nuestras partidas fueron con fotocopias de billetes.

El tiempo pasó y un día sin avisar, cuando estaba por llegar el esperado momento de su jubilación, nos abandonó. Me gusta pensar que decidió que su vida había sido un jubileo y no necesitaba ninguna fiesta más. Ya las había vivido todas. No le traigo flores. Traigo la petaca de whisky para brindar por mi maestro. Como usted lo habría deseado. 

José Luis Romero

lunes, 13 de mayo de 2019

Relato de personaje


Hola, 
El otro día propusimos escribir un relato de personaje (para esta semana o la que viene). La personalidad del retratado es el hilo que mueve la trama. 

Os paso un par de ejemplos: 

Bartleby, el escribiente, de Melville



y JIM, de Roberto Bolaño

Hace muchos años tuve un amigo que se llamaba Jim y desde entonces nunca he vuelto a ver a un norteamericano más triste. Desesperados he visto muchos. Tristes, como Jim, ninguno. Una vez se marchó a Perú, en un viaje que debía durar más de seis meses, pero al cabo de poco tiempo volví a verlo. ¿En qué consiste la poesía, Jim?, le preguntaban los niños mendigos de México. Jim los escuchaba mirando las nubes y luego se ponía a vomitar. Léxico, elocuencia, búsqueda de la verdad. Epifanía. Como cuando se te aparece la virgen. En Centroamérica lo asaltaron varias veces, lo que resultaba extraordinario para alguien que había sido marine y antiguo combatiente en Vietnam. No más peleas, decía Jim. Ahora soy poeta y busco lo extraordinario para decirlo con palabras comunes y corrientes. ¿Tú crees que existen palabras comunes y corrientes? Yo creo que sí, decía Jim.

Su mujer era una poeta chicana que amenazaba, cada cierto tiempo, con abandonarlo. Me mostró una foto de ella. No era particularmente bonita. Su rostro expresaba sufrimiento y debajo del sufrimiento asomaba la rabia. La imaginé en un apartamento de San Francisco o en una casa de Los ángeles, con las ventanas cerradas y las cortinas abiertas, sentada a la mesa, comiendo trocitos de pan de molde y un plato de sopa verde. Por lo visto a Jim le gustaban las morenas, las mujeres secretas de la historia, decía sin dar mayores explicaciones. A mí, por el contrario, me gustaban las rubias. Una vez lo vi contemplando a los tragafuegos de las calles del DF. Lo vi de espaldas y no lo saludé, pero evidentemente era Jim. El pelo mal cortado, la camisa blanca y sucia, la espalda cargada como si aún sintiera el peso de la mochila. El cuello rojo, un cuello que evocaba, de alguna manera, un linchamiento en el campo, un campo en blanco y negro, sin anuncios ni luces de estaciones de gasolina, un campo tal como es o como debiera ser el campo: baldíos sin solución de continuidad, habitaciones de ladrillo o blindadas de donde hemos escapado y que esperan nuestro regreso.

Jim tenía las manos en los bolsillos. El tragafuegos agitaba su antorcha y se reía de forma feroz. Su rostro, ennegrecido, decía que podía tener treinta y cinco años o quince. No llevaba camisa y una cicatriz vertical le subía desde el ombligo hasta el pecho. Cada cierto tiempo se llenaba la boca del líquido inflamable y luego escupía una larga culebra de fuego. La gente lo miraba, apreciaba su arte y seguía su camino, menos Jim, que permanecía en el borde de la acera, inmóvil, como si esperara algo más del tragafuegos, una décima señal después de haber descifrado las nueve de rigor, o como si en el rostro tiznado hubiera descubierto la cara de un antiguo amigo o de alguien que había matado.

Durante un buen rato lo estuve mirando. Yo entonces tenía dieciocho o diecinueve años y creía que era inmortal. Si hubiera sabido que no lo era, habría dado media vuelta y me hubiera alejado de allí. Pasado un tiempo me cansé de mirar la espalda de Jim y los visajes del tragafuegos. Lo cierto es que me acerqué y lo llamé. Jim pareció no oírme. Al volverse observé que tenía la cara mojada de sudor. Parecía afiebrado y le costó reconocerme: me saludó con un movimiento de cabeza y luego siguió mirando al tragafuegos. Cuando me puse a su lado me di cuenta de que estaba llorando. Probablemente también tenía fiebre. Asimismo descubrí, con menos asombro con el que ahora lo escribo, que el tragafuegos estaba trabajando exclusivamente para él, como si todos los demás transeúntes de aquella esquina del DF no existiéramos. Las llamaradas, en ocasiones, iban a morir a menos de un metro de donde estábamos. ¿Qué quieres, le dije, que te asen en la calle? Una broma tonta, dicha sin pensar, pero de golpe caí en que eso, precisamente, esperaba Jim. Chingado, hechizado/Chingado, hechizado, era el estribillo, creo recordar, de una canción de moda aquel año en algunos hoyos funkis.

Chingado y hechizado parecía Jim. El embrujo de México lo había atrapado y ahora miraba directamente a la cara a sus fantasmas. Vámonos de aquí, le dije. También le pregunté si estaba drogado, si se sentía mal. Dijo que no con la cabeza. El tragafuegos nos miró. Luego, con los carrillos hinchados, como Eolo, el dios del viento, se acercó a nosotros. Supe, en una fracción de segundo, que no era precisamente viento lo que nos iba a caer encima. Vámonos, dije, y de un golpe lo despegué del funesto borde de la acera. Nos perdimos calle abajo, en dirección a Reforma, y al poco rato nos separamos. Jim no abrió la boca en todo el tiempo. Nunca más lo volví a ver.



jueves, 9 de mayo de 2019



                                                            5 de mayo ¿día del estiércol? ¿o del delfín?

Antes de cruzar las puertas de cristal, me detengo en uno de los laterales y veo un cartel publicitario: una mujer de unos cuarenta años, con un pelo oscuro, suelto, rizado, que le cae por los lados descubriendo su cara. Una mirada simpática, con una media sonrisa sin enseñar los dientes. Una piel fina, suave. La verdad es bastante atractiva. Tiene una pose tranquila. Lleva un abrigo de color claro, con botones grandes. Muy bonito. Un brazo agarra al otro por delante del cuerpo. Un hombro más alto que otro. Aunque no lo veo, debe estar sentada en un taburete, esos taburetes que hay en las barras de bar. Con letras sobrepuestas a la altura del pecho puedo leer: “97% entregada, 3% egoísmo, 0% quejas”.  Y luego en letras grandes sigue “100% madre”. A pie del cartel dice: “5 de mayo. Día de la Madre”. 
Oigo una vocecita muy cerca de mí que me dice “No es lo que parece”. Me doy la vuelta sobresaltado: no hay nadie detrás de mí. Sólo personas que están cruzando el semáforo, por donde acabo de cruzar hace unos instantes.  Vuelvo a girarme y miró de nuevo el cartel. De nuevo la vocecita, con un tono robótico, impersonal, empieza a hablarme, pero esta vez distingo que proviene como desde mi cabeza: “No es lo que parece” Y continúa: “Lo que estás viendo no es una mujer que parece tranquila y serena, sentada en un taburete vestida con un abrigo estupendo (psi). Lo que estás viendo es una mujer sometida a los estereotipos patriarcales, una mujer sometida a la presión social para que las mujeres sean madres y sólo madres (psi). Estás viendo una rancia campaña de publicidad que cosifica y menosprecia a la mujer, infravalorando sus posibilidades y restringiendo su función al papel de una madre que no tiene más actividad que la del cuidado de su familia, olvidando otras facetas de su vida, como la profesional (psi). Estás viendo a una mujer que se entrega por completo hasta el límite, sin emitir ninguna queja (psi). Estás viendo un mensaje implícito machista que atenta contra la igualdad de género en un ámbito tan sensible como las relaciones familiares (psi)”. La vocecita se detiene. A continuación, se oye como “quisss”. Y silencio. Miro de nuevo el cartel. No comprendo lo que ocurre. La mujer del cartel sigue ahí, estupenda como antes. Busco alguna señal de opresión, de oprobio, de vileza. “97% entregada”: en mi caso se queda corto, puesto que mi madre se entrega al menos un “110%. “3% egoísmo”: aquí se excede. En mi caso sería el “0,01%” y a lo mejor también yo me he excedido. “0% quejas”: esto es una mentira como un pino. No sabría cuantificar en un porcentaje todos los rapapolvos que mi madre me ha echado, sobre todo en mi etapa de adolescente.  Por último, “100% madre”. Esta es la única cifra que el cartel parece que acierta. No podía ser menos si sólo habla de madres. No va a ser sólo el 34,3%. ¿Y el resto? ¿Será carne de toro? ¿O de tiburón? 
¡Un momento! ¿Qué es ese ruido? “psssiiiiiiii”. Es como el de un transistor estropeado que murmulla sin cesar. ¡También viene de mi cabeza! Me echo la mano a la misma y rebusco por el pelo. Nada. Me meto los dedos en la nariz, dentro de la boca. Nada. “¡Ahhh! Ya sé” Introduzco el dedo en la oreja y extraigo entre restos de cerumen un micro-retransmisor de grafeno de un tamaño de 2 milímetros. “! ¡O(l)tra vez con estas tretas!”, pienso aliviado, “pensaba que me estaba volviendo loco”. Tiro al suelo el aparatillo aplastándolo con el pie. Y cruzo las puertas de cristal del Corte Inglés para comprar un regalo a mi querida madre. Este año espero que también le guste. 

Rafael Mercé

miércoles, 8 de mayo de 2019


Para que llore yo, lloras tú.

por Juan Cisneros "El abejaruco viejo"


¿Sabemos educar en la frustración? ¿En la desilusión? ¿En la pérdida? ¿Queremos hacerlo?
Esta pasada Nochevieja mis amigos y yo, todos con niños de entre cuatro y diez años, decidimos disfrazarnos y para animar más la fiesta, además decidimos hacer un concurso de disfraces. Yo me ofrecí a modelar unos premios en plastilina de colores del tipo que se endurece al aire. Al verme modelarlos mi hija me dijo que ella también quería hacer uno y se puso a modelar conmigo. Como su trofeo le salió medianamente bien, decidí que fuera el premio para el mejor disfraz infantil. Cuál fue mi sorpresa cuando a la hora de otorgar el premio, la hermana de un amigo mío, madre de dos criaturas encantadoras se negó a que ese premio al mejor disfraz infantil se entregara y me lo anularon. “Si no hay un premio para cada niño nada” me dijo.
Me cuesta y mucho ver la utilidad y los aspectos positivos de esa forma de actuar, de esta forma de educar. ¿Si no hay premio para todos nada? Ella es profesora y yo no, pero hay varias cosas que tengo claras por pura lógica y por tener una niña de diez años. Si hoy nadie discute que lo que aprendemos en la infancia marcará nuestra vida adulta, si es la infancia el período de vida más propicio que existe para aprender de todo incluida la inteligencia emocional, si a escribir se prende escribiendo, a ir en bici se aprende pedaleando y a jugar al fútbol se aprende chutando ¿por qué empeñarnos en mostrar a nuestros hijos un mundo de Yupi inexistente si donde van a vivir es en la realidad?
Recuerdo perfectamente a mi padre en un millar de ocasiones soltarme aquello de “hay que saber ganar y hay que saber perder”. Yo no recuerdo cuándo me enseñaron a perder porque no lo hicieron. Ni me lo enseñaron, ni lo evitaron, ni a mí ni a ningún otro niño que yo conociera. Mi padre sin ir más lejos me daba unas palizas de campeonato a todo. Tuve que perder primero para aprender a sobrellevarlo, hasta que al final, con la madurez emocional, aparece aquello de llevarlo con deportividad. O eso o te estimula a mejorar porque quieres ganar y eso hace que te esfuerces por conseguirlo. Pero si nunca pierdes en nada, a qué te vas a esforzar.
Una profesora de mi hija mucho más veterana que la hermana de mi amigo, me dijo una vez que los padres no estamos para quitar las piedras del camino, sino para si se caen, enseñarles a levantarse. Mi hija tenía en aquél entonces apenas cinco años. A lo largo de toda mi vida mi madre siempre ha repetido una y otra vez que lo más difícil que hay en el mundo es educar y por lo que observo en demasiadas ocasiones ese va a ser el problema.
Si educar es difícil implica que educar requiere esfuerzo, mental y físico, es una batalla constante entre el que quiere crecer y el que debe hacer crecer y creo que ese esfuerzo es el que los padres de hoy día no estamos dispuestos a soportar. En televisión un psicólogo infantil en la presentación de su libro vino a decir que, si los hijos eran una planta, los padres somos el muro contra el que deben chocar y apoyarse para poder crecer hacia arriba y hacerse grandes y fuertes. Hoy en día creo que está más de moda hacerle un agujero al muro para evitar conflictos y así que pase la planta por donde quiera y una vez rebasado el muro, que la planta haga lo que mejor le parezca.  
Impera la ley del mínimo esfuerzo para todo. Nos trae menos problemas mantener a nuestros hijos en el mundo de “nunca perder” que enseñarles a aceptar que no han ganado. En mi opinión eso es como quitarse el marrón de encima: “que lo eduque el mundo real”. “Déjale jugar a la play y así no nos molesta”
Hoy en día parece que aceptar el hecho de que los niños lloran y deben llorar fuese algo malo para ellos. Veo en muchas ocasiones pasar a los padres por situaciones ridículas que no tienen otro objetivo que el de no escuchar llorar a sus hijos. En mi opinión eso es primar el confort mental (que no físico) del padre/madre, sin pensar en qué es mejor para el niño o la niña.  Es como no enseñarle a patinar porque puede caerse cuando curiosamente, aquellos que profesan esa forma de verlo, han aprendido así y están orgullosos de ello. Cuántas veces le habré dicho a mi hija y a algún sobrino que otro: “llora, llora, que de eso no se ha muerto nadie”. Frustración, dolor, pérdida, miedo, desilusión, son emociones que provocan llanto, pero con las que estamos destinados a convivir. Racionémoslas, de acuerdo, pero no las eliminemos de la educación.
Por no verlo todo con el filtro negativo debo admitir que no somos tan malos educadores, solo somos peores que los que nos educaron a nosotros y creo que eso es así por una única razón, hemos bajado el nivel de firmeza y con él, el de la disciplina y con ambos hemos dejado de anteponer el futuro de nuestros hijos, al sofá de nuestro cerebro.
Parafraseando una vez más a mi madre, ella me decía con muy buen tino: para que llore yo (mañana), lloras tú (hoy). Siempre me lo dijo pensando en mi futuro, a una edad tan temprana que ni me daba cuenta.

Columna de Opinión.

No me grites que no te escucho.

Fue en una cena con la familia cuando llegue a preocuparme sobre la corrección política que nos asedia. No importa que se dijo ni quien lo dijo, fue algo gracioso y triste la vez, triste porque era verdad, una de las tantas formas que adquiere la verdad y que nunca debería censurarse. Pero esto de censurar "la verdad" y, por extension, el sentido del humor no es un fenómeno nuevo, puramente occidental; en otras culturas también sucede, pero emerge de las masas disfrazada de fe y valores tradicionales. En nuestro caso es la novedad. 
La corrección política de lo que se debe hablar y en el modo en que se debe tratar ciertos temas no es otra cosa que otra forma de control social dirigida, o no, poco importa. Lo cierto es que cuando la sociedad actúa, golpea con solidez y fuerza cualquier idea descarriada, venga o no a poner en riesgo el orden establecido, pulverizandola en partículas mediocres y débiles al gusto de los tiranos. Es lo primero que hacen los tiranos cuando tienen oportunidad, atacar al humor y el libre pensamiento. No les gusta. El humor, es esa bufonada poco valorada, pero que, para horror de todos los que tienen la piel fina, crítica y desnuda al mundo lo que significa ser humano, sea cual sea el punto de vista del ridiculizado. Para hacer humor hay que pensar y a veces no pensar demasiado, hay que ser atrevido, dejar los valores aun lado, hay que enfrentarse a un conjunto de personas o individuos solitarios y soportar el hecho de ser o no comprendido. Los tiranos ven adalides de la rebeldía y la autocritica en estas cosas. No digo que los humoristas sean mártires o héroes. Tampoco invito a reírse de las desgracias ajenas y de las autoridades, pero ¿cuando pasa el tiempo suficiente para reírnos de algo? ¿Cuando nos reiremos de lo absurdo que fue el conflicto vasco o irlandés? ¿Cuando reiremos de la independencia catalana o de la guerra de Siria? ¿En qué instante dejó de ser gracioso comparar a alguien con un enfermo? ¿Quién lo decidió? ¿Los mismos que se reían de aquella enfermedad hasta que les tocó sufrirla? Esto me recuerda a esa clase de mecenas que solo intentan curar las enfermedades raras que afectan a su familia, y que hasta entonces les importaba un bledo, del mismo modo que les importa poco los otros males de la humanidad. ¿Por qué no puedo reírme hasta que me toque pasar el mal trago? Me inquieta pensar que las ideas y las "gracias" son derechos adquiridos de algunas persona. Es lleva a suponer que la moral es propiedad intelectual de unos cuantos y que los demas tenemos que estarles agradecidos a que trascienda a la sociedad en su conjunto, sociedad que, luego, se siente incapaz de afrontar problemas generales y se ofende por las desgracias personales. Claro, como la sociedad no sabe poner en vereda a sus gobernantes, que en el grueso de los casos son corruptos e intocables, lo hace sobre individuos que son accesibles y que igualmente repugnan a unos y otros por lo que dicen o escriben. Así es como de pronto cambia la moral y es fácil detectar a los que no asumieron o no quieren asumir el cambio. Los pierde la boca. No importan sus derechos ¡a por ellos! Se abre la veda de ofendidos y moralistas. Todos en contra del blancocristianoccidentopatriarcado, sea lo que sea que signifique eso. Que no hable ninguno que nos ofenda. ¿Es un chiste? Luego exigimos democracia. Menudos demócratas somos. Democracia es escuchar incluso a los que piensan diferente, crean o no en sus propias ideas, y defender su derecho a pensar y decir lo que quieran, la historia los juzgará y los hará pagar por el crimen que cometan. Yo no veo a nadie con las manos manchadas de sangre por un chiste insensible. ¡Claro! Me olvidaba de los sentimientos. Ahora los desviados, retrasados, sudacas, negros y moros son personas y tienen sentimientos. ¡Que sorpresa! Menudo descubrimiento del siglo XXI Que nadie haga un chiste antes de mirar alrededor, por favor. ¿Y cuando el chiste va de reírse de tu jefe o jefa, la persona que te paga y mantiene a tu familia? ¿De los incomprensibles presidentes Trump y Maduro? Tranquilos, no pasa nada. Los poderosos no son personas con sentimientos y vulnerables a la crítica. No nos pongamos papistas. Me parto. ¿Quien decide con quien cebarse y con quien no?
El humor siempre fue un reflejo de lo que somos y de lo que piensan nuestros demonios colectivos. Ahora los vamos a callar como si eso fuese capaz de silenciar esas voces para siempre, evitar que discriminemos. Lo único que detiene al odio es la educación. El odio surge de la ignorancia, no del humor. La discriminación, en cambio, emerge de la información y es en esencia una decisión personal. Nos pasamos la vida discriminando, tomando decisiones entre lo que nos gusta y lo que no. Constantemente pretendemos tener una idea correcta de lo que nos combiene y lo hacemos a través la información que recabamos. Lo acertado de nuestra discriminación varía según con la calidad y la interpretaciones de dicha información. No podemos sentirnos culpable sobre lo que nos hace gracia, es un constructo involuntario. Que la gente se ría de lo que quiera. Es un reflejo de lo que aprendieron de sus padres y profesores y todos esos modelos imperfectos que nos legó la humanidad. La lucha no es contra el sentido del absurdo y del humor, la lucha es contra la estupidez humana. Los estúpidos medran en el oscurantismo y la ignorancia, amén de la censura. Los estúpidos escuchan sólo lo que quieren oír. Prohibir cualquier forma de expresión los multiplica. A las ofensas hay que hacerles oídos sordos, atenderlas solamente las fortalece. Hoy se debería enseñar esto en las escuelas. Una sociedad de pensamiento crítico está obligada a tolerar el total de los discursos que florezcan en su seno. Si empezamos a cortar las opiniones que despiertan crítica es probable que terminemos en un jardín de ideas poco diverso y la falta de diversidad termina matando en la naturaleza y en lo comprendido como civilización. Las sociedades con pensamiento único no sobreviven a los desafíos del futuro. No es broma. Se consumen a sí misma. El humor es crítica, provocación y descontento. ¿Vamos a renunciar a eso porque nuestros sentimientos son herido? ¿Tan poco carácter tiene el adulto maduro del siglo XXI que se retuerce como un niño con una rabieta porque algo no le gusta?
Hoy censuramos el humor y mañana serán las novelas, luego la música, como hicieron en Israel con Wagner porque le gustaba al genocida de Hitler, y finalmente no podremos conversar en la mesa. La represión sobre el humor es solo una piedra, pero yo les aseguro que se volverá una losa aplastante para todos, y no hace falta datos para calcular y predecir el impacto que tiene el perseguir y atacar al pensamiento. Lo sabemos. Es un chiste que no tiene ni puta gracia.

Gadiel Alvarez Lier

Forma: Columna de opinión.
Tema: Los limites del humor.

martes, 7 de mayo de 2019

Cervecita el jueves, al salir de clase

Para los que no vinisteis el otro día, hablamos de tomar unas cervezas el próximo jueves, al salir de clase. 
Yo, con una de estas, tengo bastante.

Las trampas de la hipocresía (Susi)


Estas Fallas, como en tantas fiestas, volví a caer en la trampa del gasto desmesurado y el esperpento. En el fondo quería asegurarme de lo que sentía de verdad. Me apetecía salir y divertirme. Pero no me bastaba con bailar en una verbena o salir a cenar con amigos, así que sugerí comprar entradas para una corrida de toros. Unos días antes de la corrida, le dije a mi marido: “sabes, con el tema de los toros siento una contradicción, me gusta el ambiente, la música, el toreo, pero me siento también mala gente, por todo lo que se le hace al toro. Además del dineral que nos gastamos en las entradas (porque “si vamos, vamos”), y en la comida previa” (porque eso forma parte, al menos para nosotros, del ritual de los toros). Él me dijo: “ya, es verdad” (como si también se sintiera mal por tanto gasto y tanta barbarie), y a continuación empezó a hablarme de los puestos de trabajo que genera, la tradición, la cultura… Traté de rebatir sus argumentos, pero él tiene mucha más labia que yo, así que decidí investigar sobre el tema para llegar a una conclusión.
De pequeña iba a las corridas de toros con mis abuelos, mis padres y mi hermana. Presencié la pelea de Manzanares y el Soro, y la viví con gran conmoción. En mi casa se veían por televisión. Recuerdo a mi abuela, sentada en su orejero marrón, envuelta con su toquilla de lana violeta, su cigarrito en mano y su carajillo, mientras hacía ganchillo, y veía las corridas de toros, al tiempo que gritaba algún ¡ay!, y se levantaba, cada vez que el toro estaba a punto de enganchar al torero.
No aplaudo en los momentos de tortura al toro, no me nace, me avergüenza, pero sí formo parte del público y con mi presencia colaboro a que siga ocurriendo.
No negaré que se trata de una tradición, para mí incluso un bonito recuerdo, pero me planteo si muchas de las tradiciones deberían eliminarse, ¿es lícito entonces seguir con la tradición, todavía presente en algunos países, de anular a la mujer, y que siga siendo ésta sumisa del hombre?, ¿y qué hay del planchado de pechos en Camerún o el ritual de lanzar al bebé en China, desde 15 metros de altura, para que crezca fuerte?, ¿y qué decir de la lapidación o de tirar a una cabra desde un campanario?, ¿y las peleas de perros o gallos, o si me apuras el boxeo? ¿Por qué las corridas de toros me recuerdan tanto a las peleas de gladiadores?
Con respecto a que genera muchos puestos de trabajo, también lo generan otras prácticas como el tráfico de drogas o la prostitución, y no por eso dejo de plantearme si deberían legalizarse? ¿Por qué la tauromaquia no es legal en todos los países del mundo?
Después de leer los argumentos en contra y a favor, fui consciente de que los mismos actos, fuera de la plaza, son hoy un delito, ¿es eso lógico?
¿Puede considerarse arte la tortura de un animal, o sería mucho más bello conseguir emocionar suprimiendo esta parte? Difícil, ¿verdad?, ¿y esforzarse por ello?
¿Qué muerte digna puede ser esa en la que aplauden cuando te asesinan y después te cuartean en trozos para comerte en el plato?
Planteémonos si hay algo de cultura en eso o más bien se trata de un cerrar los ojos al sufrimiento y abrirlos al cinismo. ¿No es de ser más culto mirar al pasado de forma crítica y cambiar aquello que atente contra la diversión de unos a cambio del dolor de otros? ¿De qué manera contribuye esto a crecer o desarrollarnos como personas?

Estoy convencida de que la literatura, el cine, la música y la pintura, podrían seguir mostrándonos la belleza y el misterio que envuelve al toro, sin necesidad de torturarlo.
Para escribir estas líneas, me he leído los argumentos a favor y en contra de la tauromaquia, y tengo que decir que, los argumentos a favor no me han llegado al corazón, es más, me han parecido una farsa y me han recordado los debates políticos.
A pesar de todo, sigo siendo una hipócrita y una esclava de la barbarie, porque, aunque he decidido seguir disfrutando de los pasodobles fuera de la plaza, no conseguiré la redención, pues, de momento, y aunque espero que la forma cambie, voy a seguir gozando de comer animales en el plato.

viernes, 3 de mayo de 2019

VIENTRES CON HIJO

Los hijos vienen de las emociones. Muchas veces calculadas y otras desmedidas. Cuando hablamos de alquilar un cuerpo todavía hay más emoción. Los vientres de alquiler han generado una gran polémica. Esto se debe a que es un tema de ética y de emoción a la vez. Como todo el mundo tiene las propias, tanto de la una como de las otras, siempre hay polémica.

¿Puede una mujer alquilar su vientre a otra? ¿Puede una mujer pedirle a otra que alquile su vientre?
Como de costumbre, en los temas donde la mujer es la que debe hablar en primer lugar, son los hombres y las leyes los que se meten por medio y acaban complicando todo.
Si las mujeres pudieran contestar estas dos preguntas poniéndose en el lugar de ambas se acabaría muy pronto el debate.

Ningún hombre, y el que suscribe lo es, puede saber lo que es llevar un ser humano 9 meses dentro de sí, sintiéndo como crece la vida, notando sus movimientos, sintiendo su peso, alimentandolo.... para, al final, después del sufrimiento de parirlo, dejarlo para siempre.

También se puede hablar el profundo acto de amor hacia una mujer que no puede tenerlo. Pero solo lo veo desde la mujer propietaria del vientre. Desde la mujer que lo alquila yo, hombre, no veo ese acto de amor.
José Luis Romero

jueves, 2 de mayo de 2019


No hay brazos no hay galletas
 por Juan Cisneros

Para mayor gloria de la libertad de expresión, las palabras límite y humor nunca deberían estar juntas en la misma frase. ¿Hay alguien autorizado a poner límites al humor? ¿Qué diferencia hay entre “limitar” el humor y “censurar” el humor? Broma, burla, caricatura, exageración, nos hacen gracia porque siempre se han basado en lo mismo, en realces humorísticos de los defectos más evidentes de una persona, sociedad, cultura, religión o lo que sea. Si no somos capaces de reírnos de nosotros mismos y de otros, que son nuestro reflejo, mal vamos. ¿Imaginan un mundo sin caricaturas? ¿Se han parado a pensar fríamente qué son las caricaturas? ¿No podemos burlarnos de la idiotez? ¿No podemos reírnos del machista? ¿Del feminista? ¿De la religión? ¿No podemos parodiar la homosexualidad? ¿Y la heterosexualidad? ¿Y si es el idiota el que parodia la idiotez? ¿Él puede y yo no?
La respuesta es que no podemos excepto que no temamos ser crucificados.
Creo que el debate sobre los límites del humor existe porque existen las redes sociales.  Antes de que existieran éramos nosotros mismos los que teníamos el control de la audiencia. Antes, se contaban chistes crueles, racistas, machistas o neutros indistintamente, pero en un entorno controlado de audiencia conocida y que, por tanto, también estaba controlada. Y desde luego era considerado humor del bueno. El sentido del humor expresado en cada lugar era acorde al lugar y la audiencia en los que se expresaba. Lo peor que podía ocurrir si errabas el tiro era que se te podía dejar de hablar en un pequeño grupo, o sencillamente se te tachaba de “tener poca gracia” o “mal gusto”. Además, si alguien contaba tu chiste en otro lugar, el único culpable era ese alguien. No hubiera servido de nada excusar un mal chiste en casa con la frase: es que me lo ha contado Pedrito en el trabajo, enfadaros con él no conmigo. Tú eras el responsable de lo que compartías.
Las redes sociales cambian esto de forma radical. Para el humor, presentan un problema complejo. Para mí es evidente que en cuanto tenemos presencia en redes, tenemos una imagen pública, un “yo público” que como todos sabemos tiene poco o nada que ver con el “yo auténtico”. ¿Qué problema tiene esto? Que nuestro yo privado puede aceptar en la intimidad el hecho de que un gag de humor “xxxista” le haga reír a mandíbula batiente, y de hecho lo hace, PERO nuestro yo en redes, jamás lo admitirá. Es más, si puede, ante el mismo chiste, atacará con ferocidad, para demostrar a todo el mundo que detesta el “xxxismo”. Aunque una gracia te haga gracia en privado, tu yo público, antepone siempre el temor a la exclusión o a la crítica MUNDIAL y por tanto se adhiere a la corriente de opinión favorable, sin pensar demasiado. Además, es lógico, ya que, por desgracia, las consecuencias de tu osadía pública tienen reflejo en tu “yo auténtico”.
El humor hoy es víctima del borrego dictatorial que, como el hígado, todos tenemos uno dentro, pero nunca tuvimos un escaparate donde exhibirlo. Si no me creen, lean las reacciones que ha suscitado el comentario (en mi opinión de gusto deplorable) del humorista de la Cadena Ser, David Suárez. Palabras como denuncia, prohibición, censura, despido, exigir, descalificación… Se hace leña del árbol caído en mi opinión, de forma completamente inmerecida. Quizá sea que últimamente la gente confunde humor con ideología. El humor no define mentalidades, la ideología sí. Una parida racista, no te convierte en racista. Si equiparáramos humor con la ideología no podríamos ni mirarnos al espejo. Yo concretamente habría sido en muchos momentos de mi vida lo peor de lo peor de lo detestable. No cometamos el error de calificar a la persona por el humor que profesa, porque si lo hacemos, ese límite será muy difícil de salvar y acabaremos por cargarnos le humor o peor aún, conseguiremos hacerlo clandestino.
Todo el revuelo alrededor de ese tweet tiene un regusto rancio de tiempos pretéritos y soy más partidario de avanzar que de volver hacia atrás. Pero sean sinceros, mírense dentro y díganme si no se adhieren al “se lo merece” mayoritario. ¿Qué diría su yo público en público? ¿Se expresaría como un dictador? ¿Y su yo privado? ¿Lo suavizaría quizá admitiendo que con un rapapolvo de su jefe y una disculpa pública hubiera sido suficiente? ¿Y qué diría usted en público si tuviera un perfil ficticio que le confiriera el anonimato total?
Tengo bastante claro que los límites del humor los ponen los mismos de siempre, aquellos que reciben el humor, es decir los oyentes, los receptores, son ellos juez y parte porque recordemos que esto del humor es completamente cultural, social y subjetivo. Pero aparte de ese, el emisor, el creador no debería tener nunca límites. Él se arriesga a que su humor no sea entendido, o no sea compartido y ese es y debe ser su único límite y también debería ser su única consecuencia.
Siempre ha habido tontos y listos, guapos y feos, tartamudos, gays, lesbianas, mariquitas, abuelos, tullidos y minusválidos y siempre los habrá, seamos capaces de admitirlo con normalidad o no.
Sueño con un mundo como el de antes donde podías contar cómo Jaimito mataba a su abuelo robándole la botella de oxígeno para un trabajo de clase y nadie te llamaba asesino. Un mundo en que los hombres no sabíamos aparcar porque confundíamos 20 cm con media pulgada y a nadie le parecía un comentario despectivo. Sueño con un mundo en el que, terminabas una frase con un “sin brazos, no hay galletas” y a ninguna asociación se le ocurría ir a un juzgado a denunciarte. Un mundo en el que los gangosos eran los más inteligentes del bar, los borrachos llamaban al timbre apremiando a quien les contentara que bajara a ver si era su marido y a nadie le parecía que fuera un desprecio hacia una enfermedad. Un mundo normal donde un inglés un francés y un español competían por hacer la mayor burrada imaginable y a nadie le parecía xenofobia. Un mundo donde dos se encontraban en medio de la selva cargando con un yunque y una cabina telefónica y a nadie le podría parecer una crítica intolerable a las personas de coeficiente intelectual bajo.
Cuando volvamos a llegar a eso, entonces y sólo entonces podremos hablar de humor sin límites que creo que es lo mejor que le puede pasar al mundo.

ensayo de una columna de opinión sobre "Gestación subrogada"
ruego que se valore más la forma que el fondo... para no entrar en polémicas... jeje

Miro por la ventana y veo el azul verdoso del océano. El día es claro, apenas alguna nube que dormita en suspensión. Tengo tiritando un café en la bandeja del asiento delantero. Esperaré a que se enfríe un poco, que no quiero abrasarme la lengua y que no pueda degustar la comida que sirven a mediodía, que con la tarifa que he desembolsado por el billete seguro que es bastante buena. Ojeo uno de los periódicos en español que hay en el avión, el resto son extranjeros, siendo la mayoría en inglés. Me apetece leer en mi lengua materna, me resulta más cómodo, y eso que llevo viviendo en EEUU un largo tiempo, desde que la empresa en que tengo el privilegio de trabajar me destinó por estos mundos. En España están en plena campaña electoral y aprovecho para pasar unos días de vacaciones en casa con la familia y, de paso, cumplir con la sagrada obligación democrática de votar. Voy a tener graves dificultades para decantarme por uno u otro, debido a que apenas sigo la política española. Aunque la verdad, y esta es toda la verdad y nada más que la verdad, es que cuando vivía en España tampoco la seguía. 
Más de la mitad del periódico habla sobre ello, sobre las elecciones. Se suceden las entrevistas, opiniones y publicidad electoral de los distintos partidos políticos que se presentan. Me detengo por casualidad en una página que resume la posición que tienen acerca de la gestación subrogada. Leo argumentos tales como: que el cuerpo de la mujer no es una vasija, que la gestación subrogada implica el control sexual de las mujeres, que no se puede mercantilizar el cuerpo de la mujer porque las mujeres no se pueden comprar o alquilar, que su regulación produciría granjas de mujeres etc. Reflexiono sobre lo leído y, observándolo desde la distancia, conociendo como abordan este asunto en el país del cual vengo en avión, me sorprende este tipo de mentalidad. Supongo que estos yanquis, al final, me han empezado a contagiar algunas cosas. Por eso, os voy a contar resumidamente cómo abordan este problema, que para ellos no es ningún problema, sino todo lo contrario, es un negocio más como cualquier otro en su economía, que debido a sus serias particularidades debe regularse con especial atención y protección para todas las partes. 
La gestación subrogada en EEUU depende de cada Estado federal. En la mayoría de Estados está permitida, aunque en algunos a pesar de que no la prohíben expresamente no es recomendable realizarla. Yo os puedo hablar de California, que es donde vivo y trabajo desde hace años, que por cierto se considera uno de los mejores lugares del país para llevar a cabo esta práctica, puesto que existen leyes específicas sobre la gestación que protegen tanto a la madre gestante, como a los donantes (hay Estados donde se permite, pero no tienen ninguna ley específica para ello). Las partes (donantes y madre gestante), antes de firmar ningún contrato de gestación subrogada, deben contratar un abogado cada una, que no puede ser el mismo (así garantizan mejor la independencia), y también un seguro médico y un gabinete psicológico. La madre gestante, sobretodo, debe ser plenamente consciente de las obligaciones y derechos que asume de manera voluntaria con la firma del contrato, que prácticamente renunciará a su cuerpo durante todo el tiempo que dura el embarazo, y que el feto que lleve en sus entrañas no le pertenecerá a ella, sino a los donantes. Esa convicción y esa voluntariedad, manifestada con total libertad, debe quedar meridianamente clara y ser corroborada por psicólogos. Una vez llegado a un acuerdo entre las partes y fijado un precio, que no se limita sólo a “dietas” por los daños o gastos ocasionados, sino también a un precio por un servicio prestado, se firmará el contrato de “pregnancy”. Inmediatamente, un Juez será quien, supervisado todo el proceso y verificado que se ha cumplido la ley, dictará un mandato judicial convirtiendo a los donantes en “padres legales”, incluso antes de que empiece la gestación o se produzca el nacimiento, con todas las consecuencias. Como todo, siempre hay excepciones, como por ejemplo que en caso de riesgo para la vida de la gestante primará esta sobre el feto, como no podía ser de otra manera. Contado de esta manera puede parecer lo que simplemente es: un acuerdo entre las partes realizado desde la más absoluta libertad y autonomía de la persona. Sin ningún tipo de aspaviento. 
El café tiene ahora una temperatura aceptable. Tengo que añadir azúcar para que este brebaje sepa a algo. Por mucho que lo haya tomado no me acostumbro a su sabor, si es que tiene alguno. Nunca me ha gustado el café americano, y creo que nunca me gustará.  Prefiero obviamente el hecho en España, faltaría, aunque ahora que pienso el café italiano todavía me gusta más. Doy un sorbo mientras miro de nuevo el océano. Intento hacer memoria por si acaso y… no, nunca he visto granjas de mujeres. 

Rafael Mercé


miércoles, 1 de mayo de 2019

Los límites del humor - La columna by Guille

El otro día tuvimos la oportunidad de  leer la última broma del controvertido comentarista y poeta Camilo de Ory al respecto del pequeño Julen Roselló. Realmente desafortunada, sobre todo porque una cosa es hacer un chiste de un caso hipotético, que de un suceso ampliamente conocido por la mayoría. En el primer caso hablaríamos de una frivolidad extrema pero graciosa y, en el segundo, dada la sensibilización, la empatía y la ternura desplegada sobre el sujeto paciente, nos sugiere una desproporción de mal gusto, ya que, además, lo trágico, infunde respeto y, más aún, a un niño.

Es cierto que el humor juega con los límites del rechazo para romper las normas y entrar en el desconcierto y la hilaridad. Aún así, deberemos distinguir entre la perversión y la sutil transgresión, entre la empatía o la falta de sensibilidad.

Pongamos otro ejemplo actual: el caso del humorista recientemente fallecido en plena actuación, Paul Barbieri. Los humoristas, entendemos, son gente buena que quiere hacer reír a otra gente. Esto nos posiciona nuevamente en una postura de ternura, aún no siendo tan extrema como en la de Julen. Cualquiera  podría sacar fáciles conclusiones a raíz del destino del humorista. Que murió en acto de servicio, que murió de risa o que, simplemente, murió haciendo lo que más le gustaba. Claro está, son expresiones muy diferentes. La primera es cruel, porque le deja en posición subordinada a su deber y es una víctima que muere. En la segunda expresión, ocurrente, sí, pero nos deja un poco bloqueados por ser escatológica por un lado y porque empatizamos con el triste final. Y, en la tercera, al decir que murió haciendo lo que más le gustaba, es más condescendiente con el sujeto, más victoriana, con lo que parece, quizá, más correcta.

En general no desarrollamos la misma empatía con nuestro vecino, que con nuestro hermano, o que con un inmigrante desconocido. Sí, eso es así. Con lo que llegamos a las conclusiones de que, si queremos trivializar la muerte de algún ser conocido, hagámoslo allá donde no sea querido. Es decir, que el humor debe desplegarse en los foros adecuados, si es que el humor versa sobre alguien. O que el humor debe ser lo más impersonal posible si nos referimos a personas valoradas. Con lo que, el humor, inevitablemente, está unido a lo políticamente correcto en el caso de estas figuras queridas.

Así que, si queremos hacer reír en una situación así, quitemos al sujeto y trivialicemos lo trágico: "Era un humorista tan bueno, tan bueno, tan bueno, que murió de risa en su propia actuación".