jueves, 9 de mayo de 2019



                                                            5 de mayo ¿día del estiércol? ¿o del delfín?

Antes de cruzar las puertas de cristal, me detengo en uno de los laterales y veo un cartel publicitario: una mujer de unos cuarenta años, con un pelo oscuro, suelto, rizado, que le cae por los lados descubriendo su cara. Una mirada simpática, con una media sonrisa sin enseñar los dientes. Una piel fina, suave. La verdad es bastante atractiva. Tiene una pose tranquila. Lleva un abrigo de color claro, con botones grandes. Muy bonito. Un brazo agarra al otro por delante del cuerpo. Un hombro más alto que otro. Aunque no lo veo, debe estar sentada en un taburete, esos taburetes que hay en las barras de bar. Con letras sobrepuestas a la altura del pecho puedo leer: “97% entregada, 3% egoísmo, 0% quejas”.  Y luego en letras grandes sigue “100% madre”. A pie del cartel dice: “5 de mayo. Día de la Madre”. 
Oigo una vocecita muy cerca de mí que me dice “No es lo que parece”. Me doy la vuelta sobresaltado: no hay nadie detrás de mí. Sólo personas que están cruzando el semáforo, por donde acabo de cruzar hace unos instantes.  Vuelvo a girarme y miró de nuevo el cartel. De nuevo la vocecita, con un tono robótico, impersonal, empieza a hablarme, pero esta vez distingo que proviene como desde mi cabeza: “No es lo que parece” Y continúa: “Lo que estás viendo no es una mujer que parece tranquila y serena, sentada en un taburete vestida con un abrigo estupendo (psi). Lo que estás viendo es una mujer sometida a los estereotipos patriarcales, una mujer sometida a la presión social para que las mujeres sean madres y sólo madres (psi). Estás viendo una rancia campaña de publicidad que cosifica y menosprecia a la mujer, infravalorando sus posibilidades y restringiendo su función al papel de una madre que no tiene más actividad que la del cuidado de su familia, olvidando otras facetas de su vida, como la profesional (psi). Estás viendo a una mujer que se entrega por completo hasta el límite, sin emitir ninguna queja (psi). Estás viendo un mensaje implícito machista que atenta contra la igualdad de género en un ámbito tan sensible como las relaciones familiares (psi)”. La vocecita se detiene. A continuación, se oye como “quisss”. Y silencio. Miro de nuevo el cartel. No comprendo lo que ocurre. La mujer del cartel sigue ahí, estupenda como antes. Busco alguna señal de opresión, de oprobio, de vileza. “97% entregada”: en mi caso se queda corto, puesto que mi madre se entrega al menos un “110%. “3% egoísmo”: aquí se excede. En mi caso sería el “0,01%” y a lo mejor también yo me he excedido. “0% quejas”: esto es una mentira como un pino. No sabría cuantificar en un porcentaje todos los rapapolvos que mi madre me ha echado, sobre todo en mi etapa de adolescente.  Por último, “100% madre”. Esta es la única cifra que el cartel parece que acierta. No podía ser menos si sólo habla de madres. No va a ser sólo el 34,3%. ¿Y el resto? ¿Será carne de toro? ¿O de tiburón? 
¡Un momento! ¿Qué es ese ruido? “psssiiiiiiii”. Es como el de un transistor estropeado que murmulla sin cesar. ¡También viene de mi cabeza! Me echo la mano a la misma y rebusco por el pelo. Nada. Me meto los dedos en la nariz, dentro de la boca. Nada. “¡Ahhh! Ya sé” Introduzco el dedo en la oreja y extraigo entre restos de cerumen un micro-retransmisor de grafeno de un tamaño de 2 milímetros. “! ¡O(l)tra vez con estas tretas!”, pienso aliviado, “pensaba que me estaba volviendo loco”. Tiro al suelo el aparatillo aplastándolo con el pie. Y cruzo las puertas de cristal del Corte Inglés para comprar un regalo a mi querida madre. Este año espero que también le guste. 

Rafael Mercé

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