miércoles, 22 de mayo de 2019

Él

Él (relato by Guille)

Siempre estuvo presente en mi vida, de manera eventual aparecía y desaparecía. Entre sus idas y venidas y mi inconsciencia natural  inherente al crecimiento mismo,  a medida que yo crecía lo hacía también  mi imagen de él. Extravagante y genial. Con una brutal agilidad mental y una firme voluntad acababa dominando cualquier círculo. O al menos eso me parecía entonces; con el tiempo descubrí que sino era así desaparecía de los foros, aunque se fuese para fumar.

Era experiencia y jovialidad, disfrutaba de las cosas triviales y, con los niños, especialmente con los más gamberros, hacía hermandad. En esas situaciones eran pasión mutua, extravagancia pura. Cuando marchaba habías vivido una experiencia extrasensorial, interactiva y sorprendente. Después desaparecía hasta no se sabía cuando.

Con la adolescencia ya no hubieron grandes contactos, algún día suelto, de pasada, entre los estreses de cada uno. Aún así, seguía siendo un referente de excentricidad, quitándole responsabilidad o gravedad a las cosas. Ponle un tío Jere a la vida pensaba yo, cuando tu problema había pasado a ser una risa nerviosa o una infinitesimal anécdota, la del espacio sideral de la relatividad a la que sometía las cosas. Las historias que te contaba o que te contaban,  eran auténticas, joviales, de vividor, como con una personalidad independiente cada una de ellas, por si solas. Simples relatos reales de lo que cualquiera querría hacer. Juntas hacían de él un mito personal. Siempre que le recordabas afloraba una sonrisa y esta, en la mayor parte de las ocasiones, se tornaba en risa. A veces te sorprendías hablando de él en tus círculos habituales, o sonriendo porque sí. En qué piensas que estás sonriendo?. Se generaban imágenes de él de absoluta veneración y envidia; sana para los que le tratábamos y, no tanto, para los que era más inaccesible. De mayor quiero ser como él, pensábamos, cada día con una tía y en un lugar diferente, de viaje, trasnochando o durmiendo un martes a media mañana.

Era un creativo y, en las horas de trabajo, también publicista. Tirarse un pedo en una reunión e integrarlo con solidez como parte de la venta, si,  por la percepción sensorial de los perjuicios o como el marketing podía convertir el prejuicio en juicio (de compra, claro). Anular la reunión más importante o retar a los clientes eran anécdotas circunstanciales. Si se ganaba bien y, sino, que bien lo hemos pasado. El juego creativo era su vida y la vida no paraba de brindarle oportunidades. Qué crack, decíamos. Sí tío, que crack.

Por el camino tuvo sus crisis, de todo a nada. De nada a algo y de algo a todo. Los ciclos se repetirían a lo largo de su vida. Aparecía y desaparecía. Sorprendía o desaparecía.

En una de sus crisis coincidimos, fue la primera vez que hablamos de cerca, de nuestras intimidades. Más adelante él lo contaría como un enamoramiento, para mí simplemente se interesó por primera vez en mí persona. A partir de entonces cuando empezamos a tener contacto más habitual. Fue un gran apoyo, seguramente yo para él también. Ante los complejos de la incipiente vida adulta te sentías entendido y aconsejado. Ante las crisis internas te sentías acompañado. A medida que uno experimentaba con el mundo, íbamos viéndonos. Éramos cómo dos satélites y cuando coincidíamos era una risa. Mis historias eran también escuchadas por ahí y luego me preguntaba con curiosidad. Luego las magnificaba con las etiquetas más positivas que él valoraba y parecían algo grande.

Nuestro primer conflicto de intereses fue porque él jugó conmigo. A raíz de una mala experiencia que tuve con un flirteo, él y un amigo me escribían mensajes de sms como si fueran de la chica, en plan acoso. Qué desastre, cómo fueron subiendo el tono...

Más adelante, la amistad fue evolucionando. Nos veíamos de manera frecuente y hablábamos mucho.

A veces la vida te sorprende, hubo un dia que hablamos a corazón abierto y noté lo cerca que se puede estar de alguien al verle llorar por lo que le estaba contando, o por lo que no era capaz de contar. Aquel día no habia hoguera pero lo parecía  Hubo música y también mucho vino, riojano, como el abuelo.

Desarrollamos una fuerte amistad y, probablemente sea, de alguna manera, imperecedera. Como tantas otras pero como ninguna. Nadie nos puede devolver a aquel tiempo pero tampoco se puede olvidar.

Más adelante nos fuimos distanciando. No sabría explicarlo y tampoco estaba en nuestros planes. Los cambios de residencia, de estado, parejas, ligues, viajes, trabajos o falta de, ausencias,...la vida.

En cualquier caso, es curioso, pero tengo la sensación que volveremos a encontrarnos en algún otro periodo de la vida y hablaremos de tu a tu, o no, quién sabe.

martes, 21 de mayo de 2019



                                                             Lucía 

La luz de la tarde iba poco a poco apagándose, como cuando se apaga la mecha de una vela en una galería minera. El jardín era agradable, muy “amazónico”, con plantas trepadoras adheridas a una especie de columnas griegas repartidas por toda la terraza, y con grandes maceteros repletos de flores multicolor. Yo estaba tranquilo y disfrutando del momento, de la familia, cotilleando a la gente, tomando algún que otro canapé. Esperaba la hora de la cena. Estaba terriblemente hambriento. Y luego la vi.

Cuando la vi, después de sortear con la mirada los cuerpos de los invitados que se contorsionaban buscando el más sabroso bocado, pude reconocerla casi de manera instantánea. Cierto es que habían transcurridos muchos años y su aspecto físico nada tenía que ver con el del pasado, como si hubiera reñido mortalmente con él, pero a pesar de ello la reconocí. Llevaba un vestido de crepe verde claro con volantes que se frenaba a la altura de las rodillas, dejando ver éstas, cuya forma original había desaparecido, para convertirse en dos promontorios carnosos sin forma alguna. La curvatura de su entonces avispada cintura había dado paso a una geometría excesivamente oronda. Y sus pechos, esos pechos de piel de tulipán que se contoneaban orgullosos por la orilla del mar, ahora se escondían cobardes detrás del vestido. Además, debido al sobrepeso que padecían, tenían que apoyarse en una titánica barriga a punto de estallar, que ella estaba orgullosa de mostrar, y así evitar desplomarse sobre el suelo. Tampoco su rostro era el mismo: estaba desfigurado y voluminoso, sin contar que no había sido inmune al paso de los años. O al menos es la percepción que tuve. 

Habían transcurrido unos cuantos lustros desde la última vez que la había visto aquel verano en casa de mis tíos. Ella se presentó de la nada. Mi prima la había invitado unos días y coincidió que yo también estaba por allí. “Ella es Lucia, mi mejor amiga, mi hermana gemela”, recuerdo que me dijo mi prima cuando nos presentó. Yo, alto y deslavazado para mis trece años recién cumplidos, era un imberbe adolescente con cráteres en la cara que hasta el momento sólo pensaba en dar puntapiés a un balón de reglamento, coleccionar canicas de colores y atrincherarme en el sofá para presenciar batallas intergalácticas entre las distintas razas planetarias. Recuerdo que, al verla en el porche de aquella casa, con esos ojos marrones claros que la distinguían, con un pelo suelto por encima de los hombros, un pantalón que seguro lo habían expulsado del armario por indecente y unas manos de uñas rojas que se agarraron a mis hombros para darme un cálido beso, cruce de un salto la frontera invisible de la adolescencia para adentrarme en terrenos febriles y oscuros deseos nunca antes experimentados por mí. Y también recuerdo las primeras palabras emitidas por aquellos labios coquetos y seductores después del cálido beso: “No me habías contado lo guapo que era tu primo pequeño. Seguro que lleva a todas las chicas por la calle de la amargura”. El hechizo estaba echado.

Un joven camarero con una bandeja llena de copas de champan pasó por mi lado y agarré una. Necesita humedecer mis labios y recuperar parte de la saliva evaporada por su avistamiento. Además, el champan debía insuflarme unos nuevos y frescos vientos. No entendía el por qué, después de tanto tiempo, de tanto esfuerzo, después de tanta terapia juvenil pseudocientífica de desenamoramiento que pensaba que había sido exitosa, tenía que acercarme y saludarla. Sin pensar en las posibles consecuencias, di un sorbo y empecé a caminar hacia ella. Mientras la distancia entre nosotros se acortaba iba visionando las diapositivas que cohabitaban en mi memoria sobre aquel verano, aquellas que habían sobrevivido al paso del tiempo. Por mi cabeza deambularon imágenes de bicicletas con un solo plato pedaleando por el paseo marítimo y muchos helados, de pistacho, turrón, chocolate. Imágenes de caminos pedregosos que dibujaban la línea del mar y desembocaban en pequeñas calas de agua verdosa, donde un puñado de jóvenes en topless eran acariciados por los rayos del sol y un servidor miraba al frente, al mar, disimulando el ardor que sentía de los pies a la cabeza, como si la sangre fuese lava y recorriese mis venas. Imágenes de la casa de mis tíos, de aquella casa solariega con palmeras sin cocos y un jardín pintado por la sombra de los pinos donde nos tumbábamos en hamacas de plástico para soñar despiertos. Imágenes de coches de choque que tenían una antena en la parte de atrás que desprendía electricidad, de un tren en miniatura que sólo daba vueltas sacudido por las fibras de una escoba y de un toro mecánico, sin cuernos y con el cuerpo alargado, donde yo me abrazaba con fuerza a la cintura de avispa de Lucía para caer lo más tarde posible a un suelo acolchado. Y la imagen que más se repite, la más nítida, la tantas veces rebuscada en mi memoria para sofocar los calores de la juventud, la de una noche, en una playa repleta de piedras, donde mi prima se enroscaba con uno del pueblo, que también veraneaba por allí y había conocido en la feria, y Lucia y yo nos quedamos solos. Yo lanzando piedras al agua, sin importar donde aterrizaban y ella sentada a mi lado, y que se levanta, deja su ropa en las piedras y, como Dios la trajo al mundo, se sumerge en las aguas oscuras del mar buscando quien sabe qué tesoro, y que desde el agua me hace una señal, moviendo el brazo de un lado a otro, a mí, al lanzador de piedras, que era como avivar el fuego con garrafas de gasolina. Y la imagen de un chaval larguirucho, quitándose sus bermudas verdes y temblándole las piernas, y la pierna, cómo se adentra en las mismas aguas, buscando también un tesoro, pero no el de un cofre lleno de monedas de oro o de plata, sino el de, quizás…, no lo sabía. Y la imagen del agua por el cuello, respirando los dos por la boca, los cabellos mojados y un choque de miradas que ni los duelos polvorientos de las películas del oeste. Y como un beso húmedo en la boca quebranta el silencio de la noche, y una lengua viscosa irrumpe súbitamente, registrando concienzudamente el interior de mi boca, como se registra la celda de un preso cuando se busca algo prohibido. Y unas palabras susurradas en mi oído, algo así como “esto será nuestro secretito”, y otra irrupción del músculo viscoso, pero esta vez con más energía, haciendo un registro aún más exhaustivo que el anterior. Y que en ese momento creí en los ángeles, en el cielo, en la inmensidad, en la magia, en el misterio, en el mismísimo Thor, … y creo que nunca más en mi vida dormí mejor cómo en aquella noche.


-Hola, ¿te acuerdas de mí?
-Claro que sí, eres el primito de la novia.
- ¿Cómo estás?


Sabía perfectamente como estaba. Lo sabía todo, por lo menos hasta que no quise saber más. Mi prima me lo iba contando, porque yo lo iba preguntando, claro. Sabía que había tenido unos cuantos novios, nada serio. Lo normal en el instituto. Que había ido a la universidad, que sacaba unas notas estupendas, siempre de las primeras de su promoción. Tenía cualidades. Que un día se enamoró locamente de un tipo, que supuestamente era maravilloso, una especie de “Adán”. Yo diría que era un cualquiera, un don nadie. Y que se había casado con él. Hasta ahí ya lo sabía todo, no quise indagar más, no debía, no. Y luego me conto que vivían en otra ciudad, por el trabajo del “Adán”, que resulto que encima era un friqui informático que se lo rifaban las empresas, que tenía dos mocosos y que estaba a punto de dar a luz al tercero, si es que no lo paría en ese momento. Entendí al instante la causa del esperpéntico cuerpo. Lucía, a pesar de mi estrategia defensiva inicial, era la misma chica de entonces y la verdad: ¡le iba jodidamente bien! Y mientras hablábamos aparecieron los dos mocosos dichosos, que no paraban de dar vueltas e incordiar, aunque a ella no le molestaban y se reía. Normal era su madre. Yo hacía como que también me hacía gracia. Luego se acercó el “Adán” informático, con esa tripa cervecera de cuarentón, porque él era mayor que ella. Y le salude con alegría, aunque no lo estaba en absoluto. 


La boda al final resulto un auténtico suplicio. La carne de la cena estaba más dura que una piedra y creo que el vino era de la época romana. También la música del baile fue para olvidar. Mi prima y su ahora marido, aquel chico que conoció en la feria del pueblo la noche de la playa, se lo pasaron en grande y se sintieron, como no podía ser de otro modo, los reyes de la fiesta. Algún día le contare que creo que fue la peor boda de mi vida. Y cuando estaba consolándome con una más de tantas copas que había tomado esa noche se acercó Lucía para despedirse. Era tarde y ella y sus insoportables mocosos tenían que descansar. Me dijo que se había alegrado mucho de verme, me dio un beso en la mejilla, sin registro de celda, claro y se fue. ¡La muy hija de la gran puta me dio un beso! Me vi rescatando de nuevo los viejos y aburridos libros de autoayuda, si no es que los había tirado. Y me quedé allí, como un pasmarote, con el resto de los aburridos invitados, con una música de fondo vomitiva, ahogándome en ginebra perfumada y en recuerdos, y también en proyectos, como qué si algún día, quién sabe, volvería a creer en los ángeles y en el cielo, y si también algún día, Dios quiera que sí, volvería a sentirme como el mismísimo Thor.


Rafael Mercé

                                         


jueves, 16 de mayo de 2019

La victoria pírrica de Oswaldo    por    Juan Cisneros



Nunca imaginé que lo que pude ver y oír en los apenas dos meses que pasé en San Salvador en marzo de 2004 pudiera servirme alguna vez para escribir un relato de personaje, pero así ha sido. Trabajaba entonces como Jefe de Almacén para una empresa cuyos dueños tenían fuertes vínculos con la Iglesia Católica. Mi jefe directo, Jacob, invertía mucho esfuerzo dialéctico en mí. Siempre me dio la sensación de que veía en mí algo así como la “oveja descarriada” que siempre quiso tener. Una frase que yo no dudaba en soltarle de vez en cuando y que siempre le hizo mucha gracia. Tuvimos largas y enriquecedoras conversaciones vespertinas a veces en mi despacho, a veces en el suyo, tratando todos los temas de la vida terrenal y extraterrenal. Esas conversaciones empezaron a forjar un acercamiento entre ambos que empezó a trascender lo estrictamente laboral. Mi jefe y yo, pertenecíamos a mundos diferentes pero nuestra forma de pensar coincidía en muchos aspectos y donde no coincidía, el respeto mutuo se imponía. Un día, en una de esas conversaciones, me hizo una propuesta tan inesperada como interesante:
“Siempre estás diciendo que te gustaría dedicar algo de tu tiempo libre a ayudar a los demás, vamos a ver si eso es verdad. Un párroco salesiano, buen amigo de mi padre (y dueño de la empresa), está haciendo una labor increíble en un barrio marginal de San Salvador en El Salvador. De la nada ha montado un pequeño polígono industrial que funciona por y para dar trabajo a jóvenes expandilleros que desean abandonar la vida en la calle. Todos los años recibe gente de mi congregación que se desplaza hasta allí para ayudarle de forma altruista. Este año mi padre quiere que vaya yo y le he dicho que yo quiero que me acompañes. Te aseguro que como mínimo será una experiencia enriquecedora.”
Por aquél entonces yo no tenía hijos ni obligaciones aparte del trabajo. A mis 32 años mi máxima preocupación se limitaba a programar los viajes de mis vacaciones y a acumular dinero en una cuenta vivienda para poder comprarme una casa. El punto referente a las vacaciones de ese año, me lo acababa de resolver mi jefe, Jacob. Me iría casi dos meses a El Salvador con el beneplácito del tío que me pagaba el sueldo y encima me iba con uno de sus hijos. Además, a un precio inmejorable. Sólo tuve que pagarme el billete de avión. El alojamiento y la comida me los ganaría allí ayudando a no sabía muy bien qué, al padre Santafé suponía yo, que así se llamaba el párroco salesiano que nos recibiría en San Salvador.
Para mis padres y mi novia aquel viaje no supuso más que foco de preocupaciones desde el mismo día en que lo anuncié hasta que me tuvieron de vuelta en casa. Para mí fue una de las experiencias más intensas y ciertamente enriquecedoras de mi vida (como me aseguró Jacob que iba a ser), sólo superada años más tarde, por el nacimiento de mi hija.
No voy a hablar aquí de aquella experiencia completa, quizá lo haga algún día en algún libro. Lo que viene a continuación es un relato seleccionado de entre muchas de las historias que me contaron los “batos” (muchachos), algunos exmareros (expandilleros) y otros mareros en activo (por llamarlo de alguna forma) de la MS (Mara Salvatrucha), acerca de su corta pero intensa vida. El padre Santafé, que aún está allí haciendo una labor increíble, también aportó muchas de esas historias, algunas duras y crudas acerca de las vidas de algunos de esos chicos y chicas sin imaginar que algún día se reflejarían en algún escrito. He recopilado algunos fragmentos de una de esas vidas, una que a mi entender sirve a este propósito. Son fragmentos de una vida que desde “este mundo” parece una vida extraterrestre. Fragmentos de una vida real tan dura y ahora tan lejana para mí… He tratado de darle una línea argumental cronológica para hacer vivir al lector apenas una pincelada de lo que allí se vive y se muere a diario. El resultado es un relato basado en hechos reales, en el que mi labor se ha limitado a modificar algunos nombres y poco más.
Por cierto, en este relato el lenguaje está traducido. Digo traducido porque la jerga que utilizan los miembros de las pandillas es completamente incomprensible para el que no está acostumbrado y complicaría mucho la escritura, la lectura y la comprensión del texto.
Confieso que una vez me brindaron la oportunidad de presenciar una “golpiza” en directo. Aproveché la oportunidad. Vi la golpiza y no me gustó. Pero eso es otro relato.
Ya sé que Bárbara dijo que fuéramos breves, pero no he podido evitar contar la historia de este Oswaldo ocupara las líneas que ocupase (aunque está bastante resumida, a fin de cuentas).

La victoria pírrica de Oswaldo
Oswaldo Pinares debió ser un tipo curioso, dicen que tenía una fuerza de ánimo inquebrantablemente neutra. Le ocurriera lo que le ocurriera, viera lo que viese, siempre se lo tomaba como si fuera la cosa más normal del mundo. Fue sicario de su clica entre otras profesiones nada deseables. Esto que aquí se cuenta son retazos de su vida transcurrida en pleno corazón de su barrio: La Liberia en San Salvador.
Oswaldo era oriundo del barrio de La Liberia en San Salvador. La infancia de Oswaldo fue relativamente feliz para lo que es vivir la infancia en un barrio como la Liberia. En cuanto aprendió a andar, pasaba el día en la calle a la buena de Dios deambulando de un lado para otro, jugando entre perros abandonados, calles sin asfaltar y traficantes, asesinos, extorsionadores y personajes de la peor calaña posible que habitaban las chabolas aledañas a la de su madre. Aquel tipo de gente eran producto propio del barrio y abundaban por todas partes. Estos tipos le ponían una pistola con el seguro puesto, pero cargada, en las manos para reírse un rato mientras el niño Oswaldo, la manipulaba, chupaba y mordisqueaba por todas partes, incluida por supuesto la boca del cañón. Sin embargo, si nacías el La Liberia, el barrio era un lugar bastante seguro a menos que tuvieras la mala suerte de morder y tocar al mismo tiempo lo que no debías, o encontrarte con una bala perdida proveniente de alguna balacera (tiroteo) entre bandas o contra la policía.
El padre de Oswaldo murió en la cárcel al poco de nacer él. De hecho, nunca se conocieron, aunque Oswaldo siempre llevó su apellido. Una de las razones de la que pequeño Oswaldo pasara la mayor parte del tiempo en la calle era que su madre trabajaba en casa. Era una de tantas prostitutas del barrio. La cruda realidad de una mujer en un barrio como aquél sin un hombre que la mantuviera en aquellos años era que estaba condenada, quisiera o no, a trabajar casi de lo único que podría reportarle algún dinero para mantenerse ella misma y su hijo. Lo bueno de la madre de Oswaldo era su juventud, tuvo al pequeño con apenas diecisiete años. Esto le garantizaba una clientela regular y fija y unos ingresos igual de regulares y casi fijos. El problema de la madre de Oswaldo era que consumía mucho más de lo que ganaba. El precio por servicio era bajo ya que, a la casa de la madre de Oswaldo, sólo llegaban clientes del mismo barrio y el barrio era un barrio económicamente hundido. Eso le proporcionaba unos ingresos exiguos por mucho que ella le exigiera a su cuerpo, horas y horas de trabajo.
Para escapar de su tremenda realidad, del tipo de trabajo al que se había visto abocada, de los clientes que la visitaban y de las cosas que le pedían, la madre de Oswaldo se refugiaba en el mismo escondrijo que el noventa por ciento de los habitantes del barrio. En la drogadicción.
Cuando Oswaldo contaba con solo ocho años de edad, ya veía completamente normal el desfile interminable de hombres y mujeres que visitaban su casa casi a diario. Algunos tipos iban tan pasados de vueltas que ni se fijaban en si él estaba dentro viendo el espectáculo o fuera de la chabola. Ni les importaba lo más mínimo. Tampoco a su propia madre. Además, ya se había acostumbrado a oler mal, a vestir con andrajos siempre llenitos de manchas y a buscarse la vida para comer y si no lo conseguía, a pasar hambre. También se había acostumbrado a la indiferencia absoluta que su madre mostraba hacia él. A esa edad ya empezó a probar sus primeros tragos de alcohol porque según él, quitaba el hambre.
Cuando cumplió los trece años, las visitas a casa de su madre empezaron a disminuir considerablemente y los pocos que aún la visitaban, cada vez tenían peor pinta. De lo que antaño fue una joven guapa y llena de vida sólo quedaban los desechos. Con treinta años cumplidos, su madre casi no tenía dientes en la boca, tenía la piel de la cara ajada y llena de pequeñas heridas y sarpullidos que le aparecían y desparecían por cualquier lugar del cuerpo. Siempre iba tan ciega que casi no se tenía en pie y cuando intentaba hablar, nadie la entendía. Un día Oswaldo vio que un tipo que pasaba por la calle la vio tumbada dentro de la chabola, se metió dentro con ella, hizo lo que quiso y se marchó sin pagarle y sin molestarse en volver a vestirla. Su madre, no abrió los ojos ni siquiera una sola vez en todo el rato que estuvo el tipo aquél encima de ella embistiéndola. Oswaldo pensó aquel día que su madre estaba muerta, pero la realidad fue que estaba tan colocada, que ni se había enterado.
El último día que Oswaldo pasó con su madre fue un domingo de verano. Ese día su madre estaba algo más lúcida de lo normal. El chico pensó que o bien se había terminado el dinero para drogas, o bien, ya no le fiaban los camellos. No le importaba. El caso era que, aunque su madre era ya un amasijo blando y arrugado de pellejo y huesos, ese día, parecía sentir que su hijo existía. Le colmó de atenciones y cariño lo que agradó mucho a Oswaldo, que ya ni recordaba la última vez que su madre le había prestado algo de atención. Lo que pronto descubriría era que las atenciones de su madre no eran desinteresadas. Tendría que pagar un alto precio.
El cobrador de tan alto precio se presentó por la tarde en su chabola. Pretendía que el chico le ofreciera sus encantos, pero en cuanto Oswaldo se olió la tostada, abandonó la chabola de su madre a todo lo que le daban sus piernas mientras su pretendida proxeneta se desgañitaba chillándole que era un desagradecido. Fue entonces cuando decidió ingresar en la clica (banda). La clica Iberia Loco Salvatrucha.
A los pocos días, en un rincón apartado del barrio, recibió la pertinente “golpiza” que no es más que el rito de iniciación obligatorio consistente en una paliza de muy señor mío, propinada por varios miembros de la banda que luego serían sus hermanos. Oswaldo siempre dijo que la época que pasó en la clica fue la mejor de su vida. La clica le proporcionó, ropa limpia, un lugar donde dormir, protección, hermandad, dinero, drogas, alcohol, libertad, mujeres, estatus y el respeto de los demás vecinos del barrio. Todo lo que sus padres no habían podido o querido darle nunca lo recibía de la clica. Bebía a placer, fumaba a placer, esnifaba pegamento a placer, mataba por encargo y mataba por venganza, daba palizas, participó en muchas golpizas, se acostaba con un montón de chicas… En definitiva, la clica le permitió vivir una vida de excesos y violencia a mansalva y sobre todo le permitió beber alcohol, mucho alcohol. Beber, ver, oír y callar, esa era su vida.
Apenas dos años después ya andaba todo pintado (iba totalmente tatuado), se rapó el pelo de la cabeza y se pasaba la mayor parte del tiempo en la calle sin camiseta. Ya empezaba a ser conocido por todos como Oswaldo “El trago”, por la ingente cantidad de alcohol que bebía a diario. Fue entonces cuando tuvo la mala suerte de hacer en manos de la Policía Nacional Civil. En realidad, más que mala suerte, lo que le pasó a “El trago” era lo esperado.
Con sólo dos años de pertenencia a las bandas, la carrera criminal de Oswaldo era variada y extensa. Sin embargo, nunca lo habían detenido aún. Sus asesinatos habían sido de miembros de otras bandas y no interesaban demasiado a los agentes. Sin embargo, las maras estaban cambiando su forma de actuar y estaban empezando a atacar a civiles inocentes o a chicos reinsertados (calmados) a los que no se les perdonaba haber salido de esa vida. La policía, conocedora de las nuevas costumbres de Oswaldo, pero sin pruebas sólidas todavía y sabiendo de su gran afición por el alcohol, sólo tuvo que esperar a que se pusiera ciego de bebida y empezara a deambular tambaleándose por las calles del barrio, como tenía por costumbre hacer. Entonces lo asaltaron en plena calle, le sembraron (introdujeron) una libra entera de marihuana y lo detuvieron por tráfico de drogas.
Oswaldo esquivó la prisión porque acusaron a los agentes que lo detuvieron a él por privación ilegal de libertad y finalmente el juez lo absolvió por falta de pruebas. Oswaldo pasaba así la vida mientras el alcohol y las drogas deterioraban cada vez más su cuerpo y su mente, igual que hacía años lo habían hecho con su madre. Finalmente, los palabreros (los jefes) se dejaron de fiar de Oswaldo y lo alejaron de la clica. Sabían que tarde o temprano lo detendrían y creían que “El trago” hablaría de lo que no debía a poco que lo dejaran sin bebida. Dejaron pues, de brindarle refugio, dinero, drogas, y alcohol. Todo lo que él había considerado su hogar y su familia en los últimos años, se esfumó de un día para otro. Todo lo que conocía y amaba, desapareció de su vida por segunda vez. Volvía a estar abandonado en la calle. Los mareros, los que habían sido sus antiguos compañeros de correrías, no lo mataron ni lo acosaron ni nada de eso. Simplemente le mostraron indiferencia. Entonces un abatido y olvidado Oswaldo hizo lo único que podía hacer, volver a sus orígenes.
Con esas se plantó en la vieja chabola de su madre y tuvo que echar a patadas a una panda de tipejos desarrapados que la habían tomado como su morada. De su madre no quedaba allí ni rastro. Él sabía ya hacía años que ella había abandonado el barrio no sabía muy bien hacia dónde. Pero le dio igual. ¿Dónde estaba ahora? Ni lo sabía, ni le importaba. Probablemente muerta en algún rincón maloliente de la ciudad. Así que, a partir de ese día, la única preocupación de Oswaldo consistiría en conseguir de alguna manera algo que comer cada día y sobre todo alcohol, mucho alcohol. Tenía menos de treinta años.
La vieja calle donde tantos ratos había pasado jugando al sol de pequeño seguía sin asfaltar y sin alumbrado. A pocos metros de la chabola que él ya consideraba su casa, la calle se ensanchaba de repente en una especie de oscuro y extenso descampado lleno de arbustos, desperdicios y enormes montañas de basura, conocido por todos como, el Efeco. Con las estrellas como único sistema de alumbrado público, las tinieblas del Efeco eran el lugar donde Oswaldo y el resto de los vecinos del barrio que no contaban con agua corriente en sus casas, iban a hacer sus necesidades. Además, hacía también las veces de vertedero ya que el barrio no contaba con nada parecido a un servicio regular de recogida de basuras. 
El Efeco estaba bastante frecuentado. Las incontables cumbres de desperdicios y trastos viejos abandonados allí formaban una suerte de dunas tóxicas compuestas por todo tipo de elementos infecciosos, cortantes, punzantes, irritantes y cosas peores todos ellos provenientes de los propios vecinos. Pero lo que más miedo daba de aquel descampado eran sus habitantes. Uno de ellos fue el que se cruzó en la vida de Oswaldo.
En el recuerdo colectivo permanecía el día en que un alarido desgarrador asaltó el barrio a altas horas de la noche de un sábado.
Resultó que esa noche en cuestión, el bueno de Oswaldo Pinares, el conocido como “El trago”, el más borracho del barrio, regresando a su casa más lleno de alcohol que una destilería y apestando a vómitos pues ese era ya su olor habitual, decidió parar sus inseguros pies en el Efeco. No se percató, antes de bajarse los pantalones y arrimar el culo al suelo, de que una rata andaba cerca y de que en lugar de salir corriendo como suelen hacer, el animal se le había plantado entre los pies.
El pobre Oswaldo con todos sus sentidos mermados gracias a la ceguera imprudente de la que dota el alcohol y esnifar pegamento al cerebro de los hombres, se bajó los pantalones y se agachó en cuclillas casi todo de una vez. De hecho, lo hizo tan rápido que al bajarse los pantalones atrapó a la rata que sin darse él cuenta, tenía entre los pies. La rata al verse atrapada de repente bajo los arrugados pantalones del pobre Oswaldo, que ni se enteró de lo que había hecho, se revolvió sobre sí misma y empezó a tirar dentelladas aleatorias allá donde su escueto cerebro animal le dio a entender. Quiso el fatal infortunio de Oswaldo, que fueran sus testículos a parar a las rabiosas fauces del pequeño roedor. Pequeño como un gato. Dos mordiscos le propinó la susodicha rata/gato, allí donde los hombres guardan buena parte de su valor, lo que provocó el tremendo alarido que despertó a medio barrio y a los pingüinos del polo norte.
Aunque la rata era rápida y nerviosa, Oswaldo no se quedaba atrás pese a su lamentable estado y pese a la herida que acaba de hacerle el roedor gigante. Así que, en cuanto Oswaldo notó el mordisco se echó mano a la entrepierna para protegerse y atrapó por casualidad al peludo animal. Tiró de él con fuerza sin pensar que si tiraba de la rata mientras ésta le mordía, se desgarraría los huevos como efectivamente así ocurrió. Se desgarró. Pero no acabó ahí la fatalidad del deshuevado.
Sangrando por la dolorida entrepierna como un cerdo degollado, con los huevos desgarrados, todavía en cuclillas y sin evacuar, vino el contraataque y venganza de Oswaldo Pinares, “El trago”. Teniendo al animal fuertemente agarrado con las manos no se le vino otra cosa a la cabeza que devolverle el mordisco. La rata, al verse sujeta entre las garras de Oswaldo comenzó a chillar como si la estuvieran despellejando. “El trago”, dejándose llevar por la furia iracunda y vengativa que sólo un borracho de pocas luces puede tener, intentó arrancarle la cabeza al animal de un mordisco furibundo.
Animal contra animal. De la fuerza que hizo para morder a la rata y arrancarle la cabeza se le salieron las heces de las tripas, que era lo que había ido a hacer allí, y descubrió el muy desgraciado que meterse en la boca la cabeza de una rata viva, loca de miedo y rabiosa, aunque sea para arrancarle la cabeza, no es muy buena idea. Antes de morir la sucia rata aún tuvo tiempo de propinarle a Oswaldo unas cuantas dentelladas en la lengua y los labios, lo que enloqueció más al dolorido y furibundo borrachuzo que pese a todo, no pensaba cejar en su empeño. Con la cabeza ya casi separada del cuerpo, pero el corazón latiendo aún, la rata que ya llenaba la boca de Oswaldo de dolor y porquería añadió a la mezcla un borbotón de cálida sangre de rata recién expulsada por la profunda herida que tenía en el cuello.
Oswaldo se convirtió en su verdugo, pero por más que lo intentó no pudo finalmente arrancarle la cabeza a su adversaria pues su mandíbula provista de pocos y carcomidos dientes, no pudo cortarle los huesos del espinazo. Finalmente, la rata dejó de gritar, dejó de moverse entre estertores y dejó la boca de Oswaldo llena de mordiscos, sangre, pelos de rata e infecciones de todos los sabores. “El Trago” se la sacó de la boca y se dejó caer de espaldas, casi sin sentido, encima de sus propias heces aún con la rata semidecapitada agarrada en la mano.
Aquella noche, la muchedumbre allí congregada a causa del griterío que Oswaldo había formado, sólo pudo presenciar el final del espectáculo. Todo había terminado. Entre dos hombres sacaron a rastras a Oswaldo del descampado, cogiéndolo de los pelos, porque no había de dónde agarrarlo, tal era su olor y su estado. Dicen que de los tirones que le dieron para sacarlo del descampado, como iba a rastras y los huevos se le salían de la bolsa, uno se le enredó en un arbusto y se le quedó allí, arrancado en uno de esos tirones que le dieron de los pelos.
Allí donde lo dejaron se quedó el pobre Oswaldo hasta que murió desangrado ya que ninguna ambulancia tuvo huevos de entrar tan profundo en el barrio, en plena noche y sin escolta militar y ningún vecino quiso recoger aquellos despojos malolientes y pringosos de hombre que era en lo que Oswaldo se había convertido tras la cruenta batalla y una vida llena de calamidades.

El abejaruco viejo.

martes, 14 de mayo de 2019

Mi madre me contó que una vez conoció a un ángel. Ella, que era muy beata, jura que la primera vez que lo vio una mañana de primavera esperando al tranvía, un rayo de luz caía justo sobre su rostro como en la Anunciación de Fra Angélico.

Era extranjero y hablaba de un modo muy peculiar. Cada vez que mi madre le preguntaba de dónde era, él bromeaba y señalando al cielo decía: vengo de la galaxia de Orión. Vivía en un pequeño altillo con una claraboya, que olía a humedad y estaba lleno de polvo, discos de vinilo y esculturas que él mismo hacía. Mamá me enseñó un día un pequeño colibrí de madera que estaba tan conseguido que parecía que en cualquier momento se iba a echar a volar. Tenía unas manos grandes y ásperas y siempre olían a cebolla. Mamá dice que era muy alegre, que era luz. Los domingos la recogía de casa de la abuela, que aunque era muy estricta hasta a ella le caía bien, las llevaba a misa y después se iban al rastro. Él vendía algunas de sus obras y le compraba flores y libros a mamá. Siempre le decía que algún día reuniría el dinero suficiente y se irían juntos a Grecia, a la misma isla donde Leonard Cohen conoció a Marianne. Allí mamá podría ser escritora o compositora, y él le vendería sus esculturas a los turistas; y por las tardes irían a tostarse al sol hasta que cayera la noche y entonces, en la oscuridad, le enseñaría el lugar exacto del que provenía.

Mamá me contó que una vez conoció a un ángel, que se enamoraron y entonces él se fue, dejando en aquel altillo nada más que el polvo, el colibrí de madera y un finísimo rayo de sol que se colaba por la claraboya. Ella conoció a papá y me tuvieron a mí. Mamá dice que no se puso triste, que se fue porque la luz no se puede atrapar, quizá como mucho, puedes captar su reflejo sobre las cosas; y que a veces cuando me mira por el rabillo del ojo le parece captar algo en mí.


Hada

Relato de personaje

El rey

Al otro lado de mi ventana todo es un poco más auténtico y un poco más sencillo. Los jóvenes se acurrucan en la oscuridad, delatados solo por sus voces y un puñado farolas moribundas. Los oigo conversar despreocupados. La ligereza de su felicidad es el peso de mi conciencia. Velo por ellos como un centinela. Al igual que las estrellas sobre sus cabeza. Los vigilo desde mi hogar como un dios olvidado. Ni siquiera sus padres los aman tanto. Yo me preocupo por todos, padres e hijos. Tal es el deber de un futuro rey. Incluso para uno tan enfermo como yo. La espera me desgasta. Mis manos suaves y vigorosas, tiemblan manchadas y nerviosas. El reflejo que encuentro en el cristal me devuelve el brillo de unos ojos oscuros y forma de una barbilla diminuta. Estoy prácticamente calvo de no ser por escasos cabellos largos que caen a los lados sosteniendo lo que queda de mi vanidad. Odio al viejo que soy. Aún queda mucho por hacer y un reino por cuidar.
Los coches giran en las esquinas sin hacer ruido. ¿Que pretenden? Traen lo que es mio. Uno se detiene. Mi corazón escucha. Una silueta desciende, se acerca. No, se aleja. La incertidumbre cesa y vuelvo a la vigilia estrechando mi cuaderno. En él está todo: mis apuntes y edictos, mis apellidos y la línea genealógica que une a las nobles dinastías griegas a mi persona. Soy el ultimo y único heredero. Cuando la reina muera, siglos de responsabilidad descansarán sobre la cabeza de este Carlos, el olvidado.

El doctor dice que el stress alimenta mis desvaríos. En ocasiones encuentro el palacio distinto, sucio y modesto, y el cuaderno lleno de cifras y garabatos, como los que haría cualquier dependiente aburrido entre cliente y cliente. Y es que los negocios van mal. La pensión de mi nobleza a penas llega para comprar la medicación y los libros de los que dependo para estar preparado. A las puertas mendigan más pobres que nunca y los rótulos de las tiendas se desvanecen como el valor de todo lo demás. Ahora la vida se compra o se vende en internet. Nadie hace o dice nada. El televisor, tampoco. No hay noticias sobre la reina y su accidentado velero. Se rompió el cuello o eso dijeron. Nada sobre mi reinado. Pobre muchacha, no recuerdo su cara. No es bueno alegrarse del mal ajeno. Un rey debe ser justo. Escribiré algunas bellas palabras para su funeral mientras aguardo al timbre y al heraldo; y  al peso de mi deber, de mis súbditos y del mundo, como los jóvenes al beso bajo las farolas. Repaso la línea sucesoria, con mi nombre esta al final, con mi letra y mi autoridad. Carlos. Por un instante el renglón está vacío y a mi alrededor cajas y refrescos. ¿Soy tendero? No, no, no otra vez. No vacilaré. Soy el rey y mi reino está por llegar.

Gadiel Alvarez Lier.


DON RAFAEL

¡Rafael! ¡Qué recuerdos me trae escuchar su nombre! Se refiera a quien sea siempre lo recuerdo a usted. 

Muchos le consideraron un vividor pero para mí fue un maestro. Nunca le vi trabajar pero le vi vivir. 

Era difícil comprender como usted había llegado a donde llegó. Empezando por su título de aparejador. No sé podía entender cómo una persona, a la que no veíamos  estudiar nunca nada y leer sólo el diario o novelas policíacas, hubiera tenido un título universitario. 

Lo pude intuir cuando nos explicó a los compañeros de trabajo su examen de dibujo en el primer curso de la universidad. Como tenía claro que no aprobaría nunca esa asignatura se buscó un enchufe con el examinador. Lo obtuvo a través de un titulado amigo de su padre y del que le examinaba. Aún así no se fiaba que le fueran a aprobar y por ello contrató a un delineante para que hiciera el dibujo por usted. ¡Que risas cuando nos contó como exclamó el profesor "vaya es la primera vez que me recomiendan a uno que sabe dibujar"!

Sí, fueron risas lo que más recibí de usted en aquellos primeros años de trabajo en la administración. Risas y olor a tabaco de los tres paquetes diarios que se fumaba.
No le costaba nada contar anecdotas de su vida. Nos dijo que, cuando acabó la carrera, trabajó unos años en la construcción de casas en el nuevo Loriguilla hasta que se fue a Málaga donde, según nos dijo, dejó de trabajar para empezar a vivir. 

Entendía usted por vivir el levantarse a las 10 para ir a desayunar con los clientes, para tomar un aperitivo o incluso ir a comer con ellos. Se podía entender de sus palabras que tras la comida se acababa el ajetreo. Vivió vendiendo pisos de Sofico Renta hasta que, con la crisis del petróleo, se descubrió la estafa y se quedó sin trabajo.

Usted fue de los que nació de pie. Su mujer, con título de abogada aún no estrenado, le trajo de nuevo a Valencia. Aquí ella se puso a ejercer en el bufete de su hermana. 

Pero un señor con su reputación no podía ser un mantenido siendo padre de tres hijos. Volvió a tocar los contactos necesarios para que, antes que vinieran cambios democráticos, pudiera obtener un puesto de "empleado público". Lo digo así para no usar la palabra trabajo relacionada con su desempeño profesional.

Era aún más incomprensible para sus compañeros que hubiese aprobado una oposición. Los enchufes tuvieron que trabajar mucho ya que un funcionario de un pueblo se empeñó en ganar la plaza que le habían creado para usted. Aquel osado no lo consiguió y yo solo puedo decir que me alegro mucho no haber tenido que estar en ese tribunal calificador.

Otros le criticaban en el despacho sin valorar el magnífico ambiente de trabajo que creaba. Siempre escuchabas una risa, un buen chiste y sus exageraciones del calibre "No hago más porque si me encargo yo os dejo a todos sin trabajo”.

Tenía usted la curiosa cualidad de poder decir las burradas que le apetecía a quien quería y hacerle reir con la ofensa. Con las compañeras era bien diferente. A ellas nunca las menospreciaba, era todo un caballero. Era machista, como los hombres de su época, pero educado. 

Fuera del trabajo, donde era el juerguista mayor, se dedicaba a tratar de seducir a cuantas más chicas -o no tan chicas- podía. Agradecía la compañía de los dos pipiolos recien llegados al despacho. Eramos un buen anzuelo para acercarse a ellas. Nunca me sentí utilizado ya que, con su colaboración, viví el período de vida de más éxito con las mujeres.

Fuera del despacho era la mejor compañía para divertirse. La máxima expresión se producía en fallas. Era usted el "alma mater" de una falla donde sus componentes nunca le dejaron ser ni presidente ni tesorero, pero era usted el que mandaba y decidía donde y como gastar el dinero. 

La falla era de la mínima categoría, pero las verbenas, el bar, las comidas y la fiesta era de primera categoría.

Participamos gustosos de su inventiva. Así, una vez, fuimos porteadores del féretro en el entierro ficticio de un fallero. Nos acompañaban otros falleros que daban desgarradores  gemidos de dolor por la pérdida. Este cortejo fúnebre llegó al puticlub del barrio donde intentamos entrar infructuosamente. Al final el muerto revivió en la puerta del puticlub y no dentro como pretendíamos.

Fue una pérdida que lo trasladaran al laboratorio del área de carreteras. Allí descubrió nuevos compañeros que lo quisieron aún más que nosotros. En el despacho fui yo quien le echó mucho de menos.

Al menos seguimos viéndonos. Los dos pipiolos con su maestro salíamos de cena y copas o quedábamos para unas partidas de poker donde siempre nos ganaba. Tengo muy viva en mi memoria la imagen suya saliendo al balcón de mi casa una la noche gritando: "¡Policía, vengan a detenerme. Estoy robando a mis amigos!". Desde aquella noche nuestras partidas fueron con fotocopias de billetes.

El tiempo pasó y un día sin avisar, cuando estaba por llegar el esperado momento de su jubilación, nos abandonó. Me gusta pensar que decidió que su vida había sido un jubileo y no necesitaba ninguna fiesta más. Ya las había vivido todas. No le traigo flores. Traigo la petaca de whisky para brindar por mi maestro. Como usted lo habría deseado. 

José Luis Romero