martes, 22 de enero de 2019

Un día perfecto para el pez plátano, de J.D. Salinger

En el hotel había noventa y siete publicitarios neoyorquinos, y monopolizaban las líneas telefónicas de larga distancia de tal manera que la chica del 507 tuvo que esperar su llamada desde el mediodía hasta las dos y media de la tarde. Pero no perdió el tiempo. En una revista femenina de bolsillo leyó una nota titulada El sexo es divertido… o infernal. Lavó su peine y su cepillo. Quitó una mancha de la falda de su traje beige. Corrió un poco el botón de la blusa de Saks. Se arrancó los dos pelos que acababan de salirle en el lunar. Cuando, por fin, la operadora la llamó, estaba sentada al lado de la ventana y casi había terminado de pintarse las uñas de la mano izquierda.
Era una chica a la que una llamada telefónica no le hacía gran efecto. Daba la impresión de que el teléfono hubiera estado sonando constantemente desde que ella alcanzó la pubertad.
Mientras el teléfono llamaba, con el pincelito del esmalte se repasó la uña del dedo meñique, acentuando el borde de la luna. Tapó el frasco y, poniéndose de pie, abanicó en el aire su mano pintada, la izquierda. Con la mano seca, tomó del asiento junto a la ventana un cenicero repleto y lo llevó hasta la mesita de luz, donde estaba el teléfono. Se sentó en una de las dos camas gemelas ya tendida y -ya era la cuarta o quinta llamada- levantó el tubo del teléfono.
-Hola -dijo, manteniendo extendidos los dedos de la mano izquierda lejos de la bata de seda blanca, que era lo único que tenía puesto, salvo las chinelas: los anillos estaban en el cuarto de baño.
-Su llamada a Nueva York, señora Glass -dijo la operadora.
-Gracias -contestó la chica, e hizo lugar en la mesita de luz para el cenicero.
A través del auricular llegó una voz de mujer:
-¿Muriel? ¿Eres tú?
La chica alejó un poco el auricular del oído.
-Sí, mamá. ¿Cómo estás? -dijo.
-He estado preocupadísima por ti. ¿Por qué no llamaste? ¿Estás bien?
-Traté de telefonear anoche y anteanoche. Los teléfonos acá han…
-¿Estás bien, Muriel?
La chica aumentó un poco más el ángulo entre el auricular y su oreja.
-Estoy perfectamente. Con calor. Este es el día más caluroso que ha habido en la Florida desde…
-¿Por qué no llamaste? Estuve tan preocupada…
-Mamá, querida, no me grites. Puedo oírte perfectamente -dijo la chica-. Anoche te llamé dos veces. Una vez justo después…
-Le dije a tu padre que seguramente llamarías anoche. Pero no, él tenía que… ¿Estás bien, Muriel? Dime la verdad.
-Estoy perfectamente. Por favor, no me preguntes siempre lo mismo.
-¿Cuándo llegaron?
-No sé… el miércoles, a la madrugada.
-¿Quién manejó?
-El -dijo la chica-. Y no te asustes. Condujo bien. Yo misma estaba asombrada.
-¿Manejó él? Muriel, me diste tu palabra de que…
-Mamá -interrumpió la chica-, acabo de decírtelo. Condujo perfectamente. No pasamos de ochenta en todo el camino, ésa es la verdad.
-¿No trató de hacerse el tonto otra vez con los árboles?
-Vuelvo a repetirte que manejó muy bien, mamá. Vamos, por favor. Le pedí que se mantuviera cerca de la línea blanca del centro, y todo lo demás, y entendió perfectamente, y lo hizo. Hasta se esforzaba por no mirar los árboles… podía notarse. Entre paréntesis, ¿papá hizo arreglar el auto?
-Todavía no. Piden cuatrocientos dólares, sólo para…
-Mamá, Seymour le dijo a papá que pagaría él. No hay motivo, entonces…
-Bueno, ya veremos. ¿Cómo se portó? Digo, en el auto y demás…
-Muy bien -dijo la chica.
-¿Siguió llamándote con ese horroroso…?
-No. Ahora tiene uno nuevo.
-¿Cuál?
-Mamá… ¡qué importancia tiene!
-Muriel, insisto en saberlo. Tu padre…
-Está bien, está bien. Me llama Miss Buscona Espiritual 1948 -dijo la chica, con una risita.
-No tiene nada de gracioso, Muriel. Nada de gracioso. Es horrible. Realmente, es triste. Cuando pienso cómo…
-Mamá -interrumpió la chica-, escúchame. ¿Te acuerdas de aquel libro que me mandó de Alemania? Acuérdate… esos poemas en alemán. ¿Qué hice con él? Me he estado rompiendo la cabeza…
-Tú lo tienes.
-¿Estás segura? -dijo la chica.
-Por supuesto. Es decir, lo tengo yo. Está en el cuarto de Freddy. Lo dejaste aquí y no había lugar en la… ¿Por qué? ¿El te lo pidió?
-No. Simplemente me preguntó por él, cuando veníamos en el auto. Me preguntó si lo había leído. -¡Pero está en alemán!
-Sí, querida. Ese detalle no tiene importancia -dijo la chica, cruzando las piernas-. Dijo que casualmente los poemas habían sido escritos por el único gran poeta de este siglo. Me dijo que debería haber comprado una traducción o algo así. O aprendido el idioma… nada menos…
-Espantoso. Espantoso. En verdad es triste. Anoche dijo tu padre.
.. -Un segundito, mamá -dijo la chica. Cruzó hasta el asiento junto a la ventana en busca de sus cigarrillos, encendió uno y volvió a sentarse en la cama-. ¿Mamá? -dijo, exhalando el humo.
-Muriel… mira, escúchame.
-Te estoy escuchando.
-Tu padre habló con el doctor Sivetski.
-¿Ajá? -dijo la chica.
-Le contó todo. Por lo menos, así me dijo… ya sabes cómo es tu padre. Los árboles. Ese asunto de la ventana. Las cosas horribles que le dijo a la abuela acerca de sus proyectos sobre la muerte. Lo que hizo con esas fotos tan hermosas de las Bermudas… todo.
-¿Y entonces…? -dijo la chica.
-En primer lugar, dijo que era un verdadero crimen que el ejército lo hubiera dado de alta en el hospital. Palabra. En definitiva, dijo a tu padre que hay una posibilidad… una posibilidad muy grande, dijo, de que Seymour pierda por completo la cabeza. Te lo juro.
-Aquí en el hotel hay un psiquiatra -dijo la chica.
-¿Quién? ¿Cómo se llama?
-No sé. Rieser o algo así. Dicen que es muy bueno.
-Nunca lo oí nombrar.
-De todos modos dicen que es muy bueno.
-Muriel, por favor, no seas inconsciente. Estamos muy preocupados por ti. Lo cierto es que… anoche tu padre estuvo a punto de cablegrafiarte que volvieras inmediatamente a casa…
-Por ahora no pienso volver, mamá. Así que tómalo con calma…
-Muriel… palabra… El doctor Sivetski dijo que Seymour podía perder por completo la…
-Mamá, acabo de llegar. Hace años que no me tomo vacaciones, y no pienso meter todo en la valija y volver a casa porque sí -dijo la chica-. De cualquier modo, ahora no podría viajar. Estoy tan quemada por el sol que ni me puedo mover.

-¿Te quemaste mucho? ¿No usaste ese bronceador que te puse en la valija? Está…
-Lo usé. Me quemé lo mismo.
-¡Qué horror! ¿Dónde te quemaste?
-Me quemé toda, mamá, toda.
-¡Qué horror!
-No me voy a morir.
-Dime, ¿le hablaste a ese psiquiatra? -Bueno… sí… más o menos… -dijo la chica.
-¿Qué dijo? ¿Dónde estaba Seymour cuando le hablaste?
-En la Sala Océano, tocando el piano. Tocó el piano las dos noches que hemos pasado aquí. -Bueno, ¿qué dijo?
-¡Oh, no mucho! El fue el primero en hablar. Yo estaba sentada anoche a su lado, jugando al Bingo, y me preguntó si el que tocaba el piano en la otra sala era mi marido. Le dije que sí, y me preguntó si Seymour no había estado enfermo o algo por el estilo. Entonces yo le dije…
-¿Por qué te hizo esa pregunta?
-No sé, mamá. Tal vez porque lo vio tan pálido, y qué sé yo -dijo la chica-. La cuestión es que después de jugar al Bingo, él y su mujer me invitaron a tomar una copa. Y yo acepté. La mujer es espantosa. ¿Te acuerdas de aquel vestido de noche tan horrible que vimos en la vidriera de Bonwit? Que tú dijiste que había que tener un chico, chiquísimo…
-¿El verde?
-Lo tenía puesto. Con esas caderas. Se la pasó preguntándome si Seymour estaba emparentado con esa Suzanne Glass que tiene una tienda en la avenida Madison… la mercería…
-¿Pero él qué dijo? El médico.
-¡Ah! sí… Bueno… en realidad, mucho no dijo. Sabes, estábamos en el bar. Había un bochinche terrible. -Sí, pero… ¿le… le dijiste lo que trató de hacer con el sillón de la abuela?
-No, mamá. No abundé en detalles -dijo la chica-. Seguramente podré hablarle de nuevo. Se pasa todo el día en el bar.
-¿No dijo si había alguna posibilidad de que pudiera ponerse… tú sabes, raro, o algo así…? ¿De que pudiera hacerte algo…?
-En realidad, no -dijo la chica-. Necesita conocer más detalles, mamá. Tienen que saber todo sobre la infancia de uno… todas esas cosas. Ya te digo, el ruido era tal que apenas podíamos hablar.
-En fin. ¿Y tu abrigo azul?
-Bien. Le aliviané un poco el forro.
-¿Cómo es la ropa este año?
-Terrible. Pero encantadora. Por todos lados se ven lentejuelas -dijo la chica.
-¿Y tu habitación?
-Está bien. Pero nada más que eso. No pudimos conseguir la habitación que nos daban antes de la guerra -dijo la chica-. Este año la gente es un espanto. Tendrías que ver a los que se sientan al lado nuestro en el comedor. Parece que hubieran venido en un camión.
-Bueno, en todas partes es igual. ¿Y tu vestido tipo bailarina?
-Demasiado largo. Te dije que era demasiado largo.
-Muriel, te lo voy a preguntar una vez más… ¿En serio estás bien?
-Sí, mamá -dijo la chica-. Por enésima vez.
-¿Y no quieres volver a casa?
-No, mamá.
-Tu padre dijo anoche que estaría encantado de hacerse cargo si quisieras irte sola a algún lado y pensarlo bien. Podrías hacer un hermoso crucero. Los dos pensamos…
-No, gracias -dijo la chica, y descruzó las piernas-. Mamá, esta llamada va a costar una flor…
-Cuando pienso cómo estuvieste esperándolo a ese muchacho durante toda la guerra… quiero decir, cuando una piensa en esas esposas tan locas que…
-Mamá -dijo la chica-. Colguemos. Seymour puede llegar en cualquier momento.
-¿Dónde está?
-En la playa.
-¿En la playa? ¿Solo? ¿Se porta bien en la playa?
-Mamá -dijo la chica-. Hablas de él como si fuera un loco furioso.
-No dije nada de eso, Muriel.
-Bueno, ésa es la impresión que das. Mira, todo lo que hace es estar tendido en la arena. Ni siquiera se quita la salida de baño.
-¿No se quita la salida de baño?¿Por qué no?
-No lo sé. Tal vez porque tiene la piel tan blanca.
-Dios mío, necesita tomar sol. ¿Por qué no lo obligas?
-Lo conoces muy bien -dijo la chica, y volvió a cruzarse de piernas-. Dice que no quiere tener un montón de imbéciles alrededor mirándole el tatuaje.
-¡Si no tiene ningún tatuaje! ¿O acaso se hizo tatuar cuando estaba en la guerra?
-No, mamá. No, querida -dijo la chica, y se puso de pie-. Escúchame, a lo mejor te llamo otra vez mañana.
-Muriel. Hazme caso.
-Sí, mamá -dijo la chica, cargando su peso sobre la pierna derecha.
-Llámame en el mismo momento en que haga, o diga, algo raro…, tú me entiendes. ¿Me oyes?
-Mamá, no le tengo miedo a Seymour.
-Muriel, quiero que me lo prometas.
-Bueno, te lo prometo. Adiós, mamá -dijo la chica-. Cariños a papá -colgó.
-Ver más vidrio (*) -dijo Sybil Carpenter, que estaba alojada en el hotel con su mamá-. ¿Viste más vidrio?
-Gatita, por favor, no sigas repitiendo eso. La vas a enloquecer a mamita. Quédate quieta, por favor.
La señora Carpenter untaba la espalda de Sybil con bronceador, repartiéndolo sobre sus omóplatos, delicados como alas. Sybil estaba precariamente sentada en una enorme y tensa pelota de playa, mirando el océano. Usaba un traje de baño de color amarillo canario, de dos piezas, una de las cuales no necesitaría realmente por nueve o diez años más.
-En verdad no era más que un pañuelo de seda común… una podía darse cuenta cuando se acercaba a mirarlo -dijo la mujer sentada en la reposera contigua a la de la señora Carpenter-. Ojalá supiera cómo lo anudó. Era una preciosura.
-Por lo que usted me dice, parece precioso -asintió la señora Carpenter.
-Quédate quieta, Sybil, gatita…
-¿Viste más vidrio? -dijo Sybil.
La señora Carpenter suspiró.
-Muy bien -dijo. Tapó el frasco de bronceador-. Ahora vete a jugar, gatita. Mamita va a ir al hotel a tomar un copetín con la señora Hubbel. Te traeré la aceituna.
Cuando quedó en libertad, Sybil corrió de inmediato hacia la parte asentada de la playa y echó a andar hacia el Pabellón de los Pescadores. Se detuvo únicamente para hundir un pie en un castillo inundado y derruido, y enseguida dejó atrás la zona reservada a los clientes del hotel.
Caminó cerca de medio kilómetro y de pronto echó a correr oblicuamente, alejándose del agua hacia las arenas flojas. Se detuvo al llegar al sitio en que un hombre joven estaba echado de espaldas.
-¿Vas a ir al agua, ver más vidrio? -dijo.
El joven se sobresaltó, y se llevó la mano derecha, instintivamente, a las solapas de su salida de baño. Se volvió boca abajo, dejando caer una toalla enrollada como una salchicha que tenía sobre los ojos, y miró de reojo a Sybil.
-¡Ah!, hola Sybil.
-¿Vas a ir al agua?
-Te estaba esperando -dijo el joven-. ¿Qué hay de nuevo?
-¿Qué? -dijo Sybil.
-¿Qué hay de nuevo? ¿Qué programa tenemos?
-Mi papá llega mañana en avión -dijo Sybil, pateando la arena.
-No me tires arena a la cara, nena -dijo el joven, tomando con una mano el tobillo de Sybil-. Bueno, era hora de que tu papi llegara. Lo he estado esperando cada minuto. Cada minuto.
-¿Dónde está la señora?
-¿La señora? -el joven hizo un movimiento, sacudiéndose la arena del pelo ralo-. Difícil saberlo, Sybil. Puede estar en miles de lugares. En la peluquería. Haciéndose teñir el pelo de color visón. O haciendo muñecos para los chicos pobres en su habitación.
Poniéndose boca abajo cerró los dos puños, apoyó uno encima del otro y acomodó el mentón sobre el de arriba.
-Pregúntame algo más, Sybil -dijo-. Tienes un traje de baño muy lindo. Si hay algo que me gusta, es un traje de baño azul.
Sybil lo miró fijo, y después contempló su barriga sobresaliente.
-Este es amarillo -dijo-. Es amarillo.
-¿En serio? Acércate un poco más.
Sybil dio un paso adelante.
-Tienes toda la razón del mundo. Qué tonto soy.
-¿Vas a ir al agua? -dijo Sybil.
-Lo estoy considerando seriamente, Sybil. Lo estoy pensando muy en serio, si quieres saberlo. Sybil hundió los dedos en el flotador de goma que el joven usaba a veces como almohadón. -Necesita aire -dijo.
-Es verdad. Necesita más aire de lo que estoy dispuesto a reconocer -retiró los puños y dejó que el mentón descansara en la arena-. Sybil -dijo-, estás muy linda. Es un gusto verte. Cuéntame algo de ti -estiró los brazos hacia adelante y tomó en sus manos los dos tobillos de Sybil-. Yo soy capricorniano.
¿Cuál es tu signo?
-Sharon Lipschutz dijo que la dejaste sentarse a tu lado en el taburete del piano -dijo Sybil.
-¿Sharon Lipschutz dijo eso?
Sybil asintió enérgicamente.
Le soltó los tobillos, encogió los brazos y recostó el costado de la cara en el antebrazo derecho.
-Bueno -dijo-. Tú sabes cómo son estas cosas, Sybil. Yo estaba sentado ahí, tocando. Y tú te habías perdido de vista totalmente y vino Sharon Lipschutz y se sentó a mi lado. No podía sacarla de un empujón, ¿no es cierto?
-Sí que podías.
-!Ah!, no. No era posible -dijo el joven-. Pero, ¿sabes lo que hice, en cambio?
-¿Qué?
-Hice de cuenta que eras tú.
Sybil inmediatamente bajó la cabeza y empezó a cavar en la arena.
-Vamos al agua -dijo.
-Bueno -replicó el joven-. Creo que puedo arreglarme para hacerlo.
-La próxima vez, sácala de un empujón -dijo Sybil.
-¿Que saque a quién?
-A Sharon Lipschutz.
-¡Ah!, Sharon Lipschutz -dijo él-. ¡Cómo aparece siempre ese nombre! Mezcla de recuerdos y deseos -repentinamente se puso de pie y miró el mar-. Sybil -dijo-, ya sé lo que podemos hacer. Vamos a tratar de pescar un pez banana.
-¿Un qué?
-Un pez banana -dijo, y desanudó el cinto de su salida de baño.
Se la quitó. Tenía los hombros blancos y angostos y el pantalón de baño era azul eléctrico. Plegó la salida, primero a lo largo, después en tres dobleces. Desenrolló la toalla que había puesto sobre los ojos, la tendió sobre la arena y puso encima la salida plegada. Se agachó, recogió el flotador y lo sujetó bajo su brazo derecho. Luego, con la mano izquierda tomó la de Sybil.
Los dos echaron a andar hacia el mar.
-Me imagino que ya habrás visto unos cuantos peces banana -dijo el joven. . -¿En serio que no? Pero, ¿dónde vives, entonces?
-No sé -dijo Sybil.
-Claro que sabes. Tienes que saber. Sharon Lipschutz sabe donde vive, y no tiene más que tres años y medio.
Sybil se detuvo y de un tirón arrancó su mano de la de él. Recogió una conchilla común y la observó con estudiado interés. Luego la tiró.
-Whirly Wood, Connecticut -dijo, y echó nuevamente a andar, con la barriga hacia adelante. -Whirly Wood, Connecticut -dijo el joven-. ¿Eso, por casualidad, no está cerca de Whirly Wood, Connecticut? Sybil lo miró:
-Ahí es donde vivo -dijo con impaciencia-. Vivo en Whirly Wood, Connecticut.
Se adelantó unos pasos, tomó el pie izquierdo con la mano izquierda y dio dos o tres saltos.
-No te imaginas cómo eso aclara todo -dijo él.
Sybil soltó su pie: -¿Has leído El negrito sambo? -dijo.
-Es gracioso que me preguntes eso -dijo él-. Da la casualidad que acabé de leerlo anoche -se inclinó y volvió a tomar la mano de Sybil-. ¿Qué te pareció? -le preguntó.
-¿Los tigres corrían todos alrededor de ese árbol?
-Creí que nunca iban a parar. Jamás vi tantos tigres.
-No eran más que seis -dijo Sybil.
-¡Nada más que seis! -dijo el joven-. ¿Y dices nada más?
-¿Te gusta la cera? -preguntó Sybil.
-¿Si me gusta qué? -dijo el joven.
-La cera.
-Mucho. ¿A ti no?
Sybil asintió con la cabeza. -¿Te gustan las aceitunas? -preguntó.
-¿Las aceitunas?… Sí. Las aceitunas y la cera. Nunca voy a ningún lado sin ellas.
-¿Te gusta Sharon Lipschutz? -preguntó Sybil.
-Sí. Sí, me gusta. Lo que me gusta más que nada de ella es que nunca le hace cosas feas a los perritos en la sala del hotel. Por ejemplo a ese bulldog enano de la señora canadiense. Te resultará difícil creerlo, pero hay algunas nenas que se divierten mucho molestándolo con los palitos de los globos. Pero Sharon, jamás. Nunca es mala ni grosera. Por eso la quiero tanto.
Sybil no dijo nada.
-Me gusta masticar velas -dijo ella por último.
-¡Ah!, ¿y a quién no? -dijo el joven mojándose los pies-. ¡Caracoles! Está fría. -Dejó caer el flotador en el agua-. No, espera un segundo, Sybil. Espera a que estemos un poquito más afuera.
Avanzaron hasta que el agua llegó a la cintura de Sybil. Entonces el joven la levantó y la depositó boca abajo en el flotador.
-¿Nunca usas gorra de baño ni nada de eso? -preguntó.
-No me sueltes -dijo Sybil-. Sujétame, ¿quieres?
-Señorita Carpenter. Por favor. Yo sé lo que estoy haciendo -dijo el joven-. Sólo ocúpate de ver si aparece un pez banana. Hoy es un día perfecto para peces banana.
-No veo ninguno -dijo Sybil.
-Es muy posible. Sus costumbres son muy curiosas. Muy curiosas.
Siguió empujando el flotador. El agua no le alcanzaba al pecho.
-Llevan una vida muy triste -dijo-. ¿Sabes lo que hacen, Sybil?
Ella meneó la cabeza.
-Bueno, te diré. Entran en un pozo que está lleno de bananas. Cuando entran, parecen peces como todos los demás. Pero una vez adentro, se portan como cochinos. ¿Sabes?, he oído hablar de peces banana que han entrado nadando en pozos de bananas y llegaron a comer setenta y ocho bananas -empujó al flotador y a su pasajera treinta centímetros más cerca del horizonte-. Claro, después de eso engordan tanto que no pueden volver a salir. No pasan por la puerta.
-No vayamos tan lejos -dijo Sybil-. ¿Y qué pasa después con ellos?
-¿Qué pasa con quiénes?
-Con los peces banana.
-Bueno, ¿te refieres a después de comer tantas bananas que no pueden salir del pozo?
-Sí -dijo Sybil.
-Mira, lamento decírtelo, Sybil. Se mueren.
-¿Por qué? -preguntó Sybil.
-Contraen fiebre bananífera. Es una enfermedad terrible.
-Ahí viene una ola -dijo Sybil nerviosa.
-La ignoraremos. La mataremos con la indiferencia -dijo el joven-, como dos engreídos. -Tomó los tobillos de Sybil con ambas manos y empujó para adelante y para abajo. El flotador levantó la proa por encima de la ola. El agua empapó los cabellos rubios de Sybil, pero sus gritos eran de puro placer. Cuando el flotador estuvo nuevamente en posición horizontal, se apartó de los ojos un mechón de pelo pegado, húmedo, y comentó: -Acabo de ver uno.
-¿Un qué, mi amor?
-Un pez banana.
-¡No, por Dios! -dijo el joven-. ¿Tenía alguna banana en la boca?
-Sí -dijo Sybil-. Seis.
El joven de pronto tomó uno de los empapados pies de Sybil que colgaban por el borde del flotador y le besó la planta.
-¡Eh! -dijo la propietaria del pie, volviéndose.
-¿Cómo, eh? Ahora volvamos. ¿Ya te divertiste bastante?
-¡No!
-Lo siento -dijo, y empujó el flotador hacia la playa hasta que Sybil descendió. El resto del camino lo llevó bajo el brazo.
-Adiós -dijo Sybil y salió corriendo, sin lamentarlo, en dirección al hotel.
El joven se puso la salida de baño, cruzó bien sus solapas y metió la toalla en el bolsillo. Recogió el flotador mojado y resbaloso y lo acomodó bajo el brazo. Caminó solo, trabajosamente, por la arena caliente, blanda, hasta el hotel.
En el primer nivel de la planta baja del hotel -que los bañistas debían usar según instrucciones de la gerencia- entró con él en el ascensor una mujer con la nariz cubierta de pomada de zinc. -Veo que me está mirando los pies -dijo él, cuando el ascensor se puso en marcha.
-¿Cómo dice? -dijo la mujer.
-Dije que veo que me está mirando los pies.
-¡Cómo dijo! Casualmente estaba mirando el piso -dijo la mujer, y se dio vuelta enfrentando las puertas del ascensor.
-Si quiere mirarme los pies, dígalo -dijo el joven-. Pero, maldita sea, no trate de hacerlo con tanto disimulo.
-Déjeme salir, por favor -dijo rápidamente la mujer a la ascensorista.
Las puertas se abrieron y la mujer salió sin mirar hacia atrás.
-Tengo los pies completamente normales y no veo por qué demonios tienen que mirármelos -dijo el joven-. Quinto piso por favor.
Sacó la llave del cuarto del bolsillo de su salida de baño.
Bajó en el quinto piso, caminó por el pasillo y abrió la puerta del 507. La habitación olía a valijas nuevas de cuero de vaquillona y a quitaesmalte de uñas.
Echó una ojeada a la chica que dormía en una de las camas gemelas. Después fue hasta una de las valijas, la abrió y extrajo una automática debajo de una pila de calzoncillos y camisetas -Ortgies calibre 7.65-. Sacó el cargador, lo examinó y volvió a colocarlo. Corrió el seguro. Después se sentó en la cama desocupada, miró a la chica, apuntó con la pistola y se descerrajó un tiro en la sien derecha.»
(*) Se refiere a Seymour Glass (pronunciado simor glas) y confunde el sonido con la expresión see more glass (ver más vidrio).

lunes, 14 de enero de 2019

Cuarto relato

Cómo casi cada año habíamos ido a pasar unos días al pueblo de mis abuelos,
a casa de mis tíos. Los pueblos son, en principio, lugares tranquilos, seguros,
sanos, o eso solía pensar yo por aquel antonces. Ahora tengo otra opinión de
ellos, por lo que sucedió ese día y porque se oyen muchas cosas
escalofriantes, que ocurren en los pueblos.
La hermana de mi abuela tenía una casita en la montaña, y de vez en cuando
íbamos a pasar el día, toda la familia, y hacíamos a leña tortitas fritas,
gachamiga, carne, embutido... Era invierno, hacía frío, pero lucía un sol
expléndido.
Tengo la imágen de alejarme de la casa cogida de su mano. Íbamos a hacer
una excursión por la montaña. No quiero ni pronunciar su nombre. Me caía
bien, me divertía con él, y en ningún momento sentí nada extraño.
Caminamos durante un rato por el monte, él me explicaba cosas acerca de las
plantas y los animalitos con los que nos encontrábamos. Bueno, la verdad es
que no lo recuerdo bien, pero imagino que así fue. Lo que sí que recuerdo es
que me pidió que nos sentáramos, y a mí, que por aquel entonces era poco
aventurera y algo perezosa, me pareció una idea estupenda. Bueno, tampoco
lo recuerdo, pero me imagino que así fue.
- Ven, siéntate aquí, encima de mis piernas, mirándome- eso lo recuerdo
como si fuera ayer.
Para poder sentarme como él me pedía, abrí las piernas. Entonces me cogió
de las manos y me acercó aún más hacia su cuerpo. Yo obedecí. Siempre he
sido muy obediente. Sólo tenía 9 años, él unos 25. Todavía veo su cara pegada
a la mía, su pelo rapado, su narizota y sus gafas de metal doradas.
- ¿Sabes dar besos como en las películas?- me preguntó.
Yo, ni siquiera respondí, apenas me dió tiempo a mover la cabeza de un lado a
otro. Me atrajo hacia él y me dijo:
- Voy a enseñarte.
Acercó su boca a la mía e introdujo su gorda y babosa lengua en mi boca
pequeña e inocente. Sólo sentí asco, y algo me avisó de que eso no estaba
bien. Entonces le dije que quería irme, que quería volver a la casa donde
estaban todos.
Lo siguiente que recuerdo es el interior de la casa, a mi padre y a mi abuelo a
mi lado, sin separarse de mí ni un sólo instante, el calor de la chimenea, el
alboroto de la gente.
Recuerdo contar lo que me había sucedido, nada más llegar, pero no recuerdo
quién fue el afortunado en saberlo primero. No dudé ni un instante en que

debía decirlo. Ese día no tuve ganas de jugar, ni siquiera de comer, y tengo
que confesar que la comida es uno de mis mayores placeres. Ahí terminó el día
para mí, y las vacaciones en aquel pueblo. No sé si nos quedamos más tiempo
o nos fuimos, no lo recuerdo.
Tardé muchos años en volver a verle. No quería saber de él y me repugnaba el
simple hecho de oír pronunciar su nombre. Menos mal que no es un nombre
común. No he conocido a nadie que se llame como él, únicamente a su padre.
Ójala con el nombre pudiera extinguirse la especie.
He sabido de su interés por el porno, por las prostitutas, por la bebida y por la
marihuana. Sigue viviendo en el mismo pueblo, con su madre, aunque pasa
temporadas en la casa de la montaña, él sólo o quién sabe con quién.
Muchas veces he pensado que mis padres tuvieron la culpa de aquello, por
haberme dejado ir con él. ¿Acaso no lo conocían? Era primo hermano de mi
madre, un chico raro al que le gustaba salir a cazar y la decoración de su
habitación eran pájaros disecados. Era simpático y divertido, pero ¿nadie
pensó que no era la persona más idónea para ir solo a la montaña con una
niña pequeña? Mis padres eran bastante sobreprotectores, pero me dejaron ir.
Durante años me sentí rara, sucia, y al mismo tiempo valiente y lista por
haberlo contado. Y seguía preguntándome por qué me permitieron ir. Quizás
insistí y por eso me dejaron. Igual le pedí permiso a la persona equivocada, y
los demás no estaban informados. No lo recuerdo.
De adolescente, cuando un chico me besaba, dejaba de gustarme, me daba
asco. Llegué a pensar que era rara, y que los chicos no me gustaban. Se me
pasó por la cabeza el meterme a monja, para no tener que besar a ninguno,
pero la verdad es que sentía atracción por ellos y curiosidad por el sexo,
aunque eso me hacía sentir mal, casi siempre. Con los años maduré y pensé
que eso mismo le ocurría a la mayoría de mis amigas, y dejé de sentirme
diferente. Lo he contado en más de una ocasión, pero nunca les he preguntado
acerca de sus sentimientos y emociones con respecto al sexo en la
adolescencia.
Recuerdo el primer beso que no me dió asco, se llama Carlos. Teníamos 15
años. A veces pienso que supe elegir y reaccionar a tiempo, otras que tuve
muchísima suerte, pero todavía hoy sigo pensando en lo diferentes que podrían
haber sido las cosas, y en todo lo que podría haber ocurrido, allí, en medio del
monte, solos. En ocasiones, hasta le estoy agradecida por no forzarme, por
parar justo cuando yo se lo pedí, y devolverme sana y salva. Dios, era sólo una
niña.
El otro día salí a cenar con mis primas. Ahora les ha dado por bromear con su
nombre. A la verga del negro del whatsApp le llaman como a él. Tiene guasa.

Al principio no me molestaba, o me incomodaba pero no decía nada, quería
quitarle importancia, pero ahora quiero que dejen de nombrarle, por eso les
conté la historia. No la sabían, o no la recordaban. Ya no volverán a nombrarlo
más.
No quiero ni imaginar cómo deben sentirse las personas que han sido víctimas
de abusos, de violaciones, de maltrato. Me pongo a hacer otra cosa, no quiero
pensar en ello. Malditos hijos de puta!!

miércoles, 9 de enero de 2019

3r relato

BAILA


De nuevo, suena la música en mitad de la noche. Imagino que serán entre las 2 y las 3 de la madrugada. El calor asfixia como a pleno sol. Juan se levanta de nuestra cama, en la habitación contigua a la mía. No puedo verlo, pero se asoma por la ventana y busca con la mirada la única ventana con luz del vecino, desde donde sale la música. Estoy tumbada y trago con dificultad la saliva, pero no parece que vaya a atragantarme de nuevo. Maldice en voz baja –para no despertarnos-, y ojea los alrededores de la piscina en búsqueda de algún merodeador nocturno, o de algo así.  
Sale de nuestra habitación descalzo, en calzoncillos, en dirección a la mía. No lo escucho apenas, pero la puerta chirria al abrirse. Se asoma y espera ahí plantado unos segundos antes de irse, observándome. Hoy está todo en orden. Me gustaría verle ahí, apoyado en la puerta, pero ya ni eso. Sólo soy capaz de mirar hacía el techo, iluminado tenuemente por la luz de la luna. Así toda la noche. Todas las noches.
En la madrugada de hace un par de días por poco me ahogo. Juan todavía no se ha recuperado del susto. Comienzan a fallarme los músculos que producen la deglución y mi propia saliva estuvo a punto de jugarme una mala pasada. Es parte de la atrofia muscular, según el doctor Aspas. Un proceso degenerativo que terminará impidiéndome el habla, entre otras cosas. El pobre Juan no ha pegado ojo desde aquello. O quizá desde la llamada del propio doctor, hoy justo hace una semana.
Baja las escaleras hacía la cocina. Escucho la puerta de la nevera abriéndose. Desde la misteriosa llamada come a hurtadillas por las noches. Ya lo hizo hace unos años, en los peores momentos de la crisis, cuando estuvimos a punto de cerrar la empresa. Se hacía un sándwich tras otro con lo primero que pillaba y luego se atiborraba a chocolate. Sabe que lo escucho, que no descanso apenas debido a los dolores. Los calambres en los brazos son insufribles. No me extrañaría que también se fume un cigarrillo sentado en la mesa de la cocina. En sus momentos más bajos suele recaer. Sube de nuevo las escaleras con mucho cuidado, pero las viguetas se desperezan y emiten un sonido agudo. En mi habitación entra luz azulada por la ventana. La luna debe estar plena, radiante, vestida de gala. Alguien debe tener algo que celebrar. Yo debería celebrar que sigo aquí, que tengo a mi hija y a mi marido conmigo. La brisa caliente mece las finas cortinas de algodón produciendo desasosiego. Me gustaría darme la vuelta en la cama, sobre mí misma. Las zonas de mi piel en contacto con la sábana bajera están empapadas. Sólo una pequeña escora de noventa grados y tumbarme de costado. Hay demasiadas cosas que uno deja de poder hacer demasiado temprano.
Sube de nuevo las escaleras. Llevamos durmiendo separados un par de semanas, desde que dos tipos de espaldas interminables trajeron una cama especial. Mi movilidad se reduce a diario. No está siendo un proceso lento, como había vaticinado en primera instancia el doctor Aspas, según los resultados de las primeras pruebas. Hay quien no pierde la totalidad de las facultades motoras hasta pasados los primeros años de la enfermedad, había dicho claramente. Sin embrago, en cosa de tres meses, lo que fue un pequeño dolor de pierna derecha y una ligera pérdida de movilidad se ha convertido en piernas inútiles y una autosuficiencia frustrante.
Tarda en asomarse por el umbral de la puerta. Quizá haya parado en la habitación de Claudia, para ver si allí sigue todo en orden. Sólo faltaría que no fuera así, pero Juan está con los nervios de punta. Al igual que hace conmigo cada noche, observa a Claudia en la distancia, controlando como su pequeño diafragma acompasa el ritmo respiratorio mientras duerme profundamente. Todo marcha bien aquí. Solo aquí, debe de pensar. Las luces del pasillo siguen apagadas y de nuevo, siento alguien apoyado en la puerta. Abro los ojos, e inclino todo lo que puedo mi cuello. El movimiento es ínfimo, pero Juan lo percibe y entra, entrecerrando al pasar.
Mi primer pensamiento también tuvo una dirección clara. Así me vino a la mente, sentadita en su clase, jugando a las piezas con sus compañeros. Claudia. Tiene cinco años y ninguna culpa de que su madre haya contraído la enfermedad de la ELA.
-          Doctor, esto no es contagioso, ¿no? –fue mi contrataque a su retahíla de información acerca de la enfermedad y sus consecuencias.
-          No, para nada. Esta enfermedad afecta a…
-          Y esto, como se llama…por ser hija mía puede alguna vez a ella…. –no encontraba las palabras correctas. La imagen de Stephen Hawking en silla de ruedas se hizo nítida en mi cerebro, como si su espectro estuviese en aquella pequeña sala hablando en robótico.
-          Hereditario –dijo Juan.
-          No. Es una enfermedad que sólo daña su sistema… - dijo más cosas, con cara seria y mirándome a los ojos. No miraba a Juan. En ningún momento desvío sus ojos de los míos, como si así el mensaje calase con mayor hondura. No parpadeó apenas. Sólo me miraba a mí, pero a decir verdad, se focalizaba como en un punto fijo que tenía entre mis ojos. Estuve tentada de preguntarle si era una técnica que le habían enseñado en la Universidad para decir este tipo de diagnósticos. No lo hice.
Había acudido a la consulta pensando que los síntomas de dolor y adormilamiento en la pierna derecha se podían deber a las clases de baile que Juan y yo estábamos tomando desde hacía unos meses. Nunca había sufrido nada parecido. Yo he bailado siempre, desde la época escolar. Llegué a participar en campeonatos, representando a la federación. Hacía unos años que había dejado de practicarlo y pensé que los dolores podían deberse a poner en funcionamiento una vieja máquina desengrasada. Me había costado años convencer a Juan para que aprendiera a bailar conmigo. Siempre se excusaba en que el trabajo. Sin embargo, ahora que las cosas funcionaban en la empresa y nos habíamos acoplado perfectamente a nuestra nueva casa, por fin había accedido. Avanzaba deprisa. Creo que llegó a gustarle de verdad. 
-          Estoy despierta –digo con un hilo de voz.
-          Descansa cariño, no quería despertarte, me voy a dormir enseguida –dice un poco atropellado. Mide uno noventa y es casi tan alto como la puerta.
-          ¿El vecino, verdad? – le digo mientras se acerca a mi cama, aunque sé que los verdaderos motivos son otros–. Ven aquí –extiendo un poco mi mano y la coge enseguida.
Juan se sienta al borde de mi cama. Mira hacía la ventana. Su mano está caliente. Me aprieta con firmeza, pero apenas noto la presión.  Coge el mando de la cama y me incorpora. Así estoy más cómoda para hablar. Me acerca el pañuelo de encima de la mesa. En cuanto me incorporo salivo sin control por las comisuras de los labios. Lo sostengo y me limpio la boca. Dejo caer el brazo de nuevo, enseguida. El dolor con cada movimiento es terrible. No ha enchufado la luz, pero la claridad de la luna ilumina nuestros rostros. Le brillan las sienes a causa del sudor. Me da unos pequeños sorbos del vaso que tengo junto a la cama y me abanica con ahínco. Su mirada ha perdido fuerza en los últimos días. Tiene las mejillas hundidas y pálidas.
-          No me molesta…la música –mi voz suena débil. Se preocupa por mí y sólo quiere verme descansar. La música es el menor de mis problemas. De hecho, no me desagrada. Tan sólo me produce sensaciones agridulces. Me recuerda tiempo mejores, cuando estaba enganchada a ella y escuchaba a Wagner o Strauss a todas horas. Sin embargo, evocar la sencilla imagen, habitual por aquel entonces, de levantarme de la cama y cambiar el cd del equipo de música me hastía.  
-          No quiero tener que hablar con él otra vez. Ya le dije cuál es nuestra situación –se muerde el labio inferior y mira en dirección a la ventana-.
Los Palomino se habían mudado de la parcela de al lado hace unos años, y estuvo en venta hasta hace un tiempo. El “loquero nocturno”, como lo llama Juan, es nuestro nuevo vecino desde entonces. Dormita durante el día y pasa consulta de noche. Sus métodos son llamativos, por lo menos en lo que se refiere a la música clásica a todo volumen. Me contó Juan que en la última reunión vecinal, los Conde, un par de abuelitos jubilados que viven en una de las parcelas de la otra punta de la urbanización, también aseguraban escucharla. Nosotros lindamos con aquel tipo. A Juan le molesta bastante, sobretodo, por que pueda afectar a mi descanso.
-          ¿Y qué está sonando ahora? –preguntó Juan.
La melodía suena fuerte. Juan la conoce; la hemos escuchado juntos infinidad de veces. Adivinar cuál es la melodía que suena se ha convertido en nuestro pequeño pasatiempo nocturno. Ayudaba a calmar su carácter. Mi pasión por aquella música viene desde muy jovencita, cuando mi padre escuchaba a Mozart en su gramófono.
-          La cabalgata de las Valquirias, de Wagner –dije.
-          Siempre te ha gustado Wagner.
La brisa se ha detenido por completo y el bochorno en la habitación es sofocante. No siento apenas su presión, pero el sudor de su mano moja la mía. Seco mi boca, las dos comisuras. Vuelvo a dejar caer el brazo.
-          ¿Te encuentras mejor que la otra noche?
-          Sí –digo-. Sería uno de esos reflejos... No te preocupes.
-          No tengo sueño. Estaba en una duermevela antes que sonara el maldito Wagner. Puedo quedarme aquí tumbado contigo, hasta que te duermas. Luego iré a descansar.
-          Sí. Aquí no puedes. Ve a tu cama.... Estoy bien.
No tengo reloj a mano. Si tuviera reloj en mi mesita apenas podría ya girar mi cuello para ver la hora que marcaría. Deben ser entre las 3 y las 4 de la madrugada. Juan no hace caso de lo que le digo y se queda un poco allí, medio tumbado de cuerpo para arriba, y medio sentado, con las piernas colgando. Me ha vuelto a bajar un poco con el mando a una posición casi horizontal y ha cogido el pañuelo de mi mano para dejarlo de nuevo sobre la mesa de noche.
El vecino es un tipo calvo y de baja estatura. Lo sé por qué me lo dijo Juan, el día que fue a hablar con él. Le expuso nuestra situación. Todo unos privilegiados, vamos. No entró en detalles, así que no creo que le contara que su mujer había perdido la movilidad de piernas y que sus extremidades superiores también comenzaban a desobedecerla; o que comenzaban a fallarle los músculos que antaño le permitían comerse unos espaguetis sin necesidad de convertirlos previamente en argamasa. Había sido amable y comprensivo; incluso se había ofrecido a pasar en cualquier momento del día para charlar conmigo, me dijo. Sin embargo, seguía sin hacer demasiado caso respecto a la música. Tampoco debió mencionarle los resultados de las últimas pruebas que me hicieron. Qué consuelo, ya no era yo la única ignorante sobre este aspecto.
Hace unas semanas que debían estar los resultados. Juan sale con evasivas cuando se lo pregunto. La mañana de hace siete días sonó el teléfono. Era el médico. O su secretaria; o quien fuera el encargado de turno para evitar dar la cara. Lo supe de inmediato. Intuición, que se yo. Puede que a cambio de perder la movilidad en las piernas se me haya disparado la capacidad cerebral, como cuando pierdes la vista, que tu sentido del oído se multiplica por cinco, o por diez. Aunque mirándolo bien, me parece un cambio de lo más absurdo. De todas formas, era la primera vez que lo hacían así. Hablaron durante casi una hora, aunque no pude discernir el contenido. Subió a verme casi otra hora después. Me dijo que era un tema de la imprenta, pero que ya la había delegado en Pedro, su contable. Todavía le brillaban y se apreciaba una rojez sobre el fondo blanco de sus ojos. A mí no me podía engañar. Nunca en quince años lo había conseguido. Seguí insistiendo, pero cada vez trataba de sonsacárselo, sus respuestas eran más contradictorias. La convicción inicial en su respuesta de aquella mañana se había ido diluyendo. Sí que han llamado del hospital, pero era para consultar tu evolución en este último mes, dijo ayer, con la mirada en el suelo y unas gotitas de sudor surcándole la frente. Quien se iba a creer que alguien iba a llamar para interesarse por mi estado. Soy una paciente con ELA. Mi caso clínico es claro y no hay demasiada empatía por esos lugares. Nadie puede permitírselo.
-          Debe estar preciosa esta noche –digo mirando el techo, con los ojos bien abiertos. Me sorprende la intensidad con la que ilumina esta noche la habitación. Parece una luna nueva, desconocida para mí.
Sonríe. La luz blanca incide sobre su cara, resaltando las mejillas hundidas. Espero que esto no termine con él antes que conmigo. Hay alguien que lo necesita.
-          ¿Quién?
-          La Luna.
Nos quedamos mirándonos unos instantes. Se había incorporado un poco y volvía a abanicarme. Me limpia las comisuras y deja el pañuelo donde estaba. Levanto el brazo izquierdo y mantengo mi mano sobre su espalda unos segundos, con esfuerzo. Sonreímos. Pero no es de felicidad. Aunque sí me siento afortunada de tenerle cerca.
-           Quiero saberlo cariño. Creo que tengo mi derecho.
-          ¿El qué?
-          Ya lo sabes.
Juan mira hacia otra parte. A la oscuridad del fondo de la habitación. Allí donde la luna no ilumina nada. La música cesa de repente. Ahora sólo se escucha una chicharra a lo lejos. Niega con la cabeza. Ya no tiene fuerzas para mentirme y siquiera desmiente que sabe algo. Le sonrío, pero no me mira. Una lágrima recorre su mejilla, cayendo por el mentón y yendo a parar justo sobre nuestras manos entrelazadas. Niega con más rotundidad. Tiene la dentadura apretada y se marca su mandíbula a cada costado de la cara. No es capaz de decírmelo. Sea lo que sea, insisto en conocerlo, aunque un escalofrío recorre mi cuerpo sólo de pensar en la posible respuesta. Estar o no preparada para conocer algo así es difícil de concretar. Me mira de nuevo. Suda como si le hubieran vertido una vasija de agua sobre el cogote. Me abanica y limpia la saliva de mis comisuras, que casi me llega hasta la barbilla. Nos quedamos en silencio. Sigue negando con la cabeza.
-          Déjalo, por favor. No llamó nadie. Simplemente se equivocaron al llamar –se levanta y se pone las zapatillas. Su cara ensombrece-. No hay nada más. Deja de insistir.
Se sienta. Yo dejo de insistir y ambos callamos. Relaja su postura de nuevo y suelta la mandíbula. Está enfadado, pero no conmigo. Si no me equivoco, tampoco él tiene demasiado claro a quien señalar y cargar el muerto de todo esto.
-          No podíamos querernos tanto, ¿verdad? –digo y esbozo una media sonrisa-. Algo tenía que fallar- paro unos instantes, tomo aliento y sigo-. ¿No nos podíamos respetar y amar como lo hacíamos? ¿Está prohibido acaso? –respiro de nuevo, aunque ahora noto algo de fatiga y continúo-. Estas cosas siempre fallan. Algo siempre acaba torciéndose por el camino.
Juan no puede hablar. Más lágrimas brotan de sus ojos, ya sin control. Me siento bastante agotada. Hace días que no hablo tanto. Me abraza. Me abraza con fuerza unos instantes. Siento su abrazo intenso. Me rodea por completo, me coge los brazos con sus manos. Aprieta con fuerza. Está reteniéndome, pero no me voy a ir a ninguna parte. No esta noche.
-          Enséñame la luna. Quiero verla. La siento muy cerca esta noche. Parece contenta –no sé por qué digo esto. Me sorprendo a mí misma soltando aquello, a duras penas y con un hilo de voz.
Llevo puesta una fina bata y Juan sigue en calzoncillos, descalzo. Salimos a la terraza de atrás, hasta la piscina. Me aparca a mí y a mi silla de ruedas en el borde la misma. El tacto con la platina de metal donde apoyo los pies apacigua tenuemente la sensación de bochorno. La acumulación de agua incrementa todavía más la sensación de humedad. Sostengo con la mano derecha el pañuelo y me limpio cada cierto tiempo, como en piloto automático. Juan se acomoda en una de las butacas que tenemos alrededor de la piscina, junto a los setos. La ventana del vecino desde donde salía la música sigue iluminada, aunque no se ve a nadie a través de ella. Una luna exuberante se apoya encima de las montañas que rodean la urbanización. Parece la continuación del sol crepuscular. Se distinguen desde lejos hasta las cosas más diminutas. Veo una pincita de pelo al otro lado de la piscina, sobre la piedra blanca. El agua está quieta, uniforme. No se ve en ella más que la nada. Parece un líquido negro, apenas de un grisáceo brillante en la superficie, sobre la lámina de agua. Sólo la luna se refleja con nitidez. Aquí no está rodeada de estrellas ni de aviones cubriendo las rutas marcadas, pasando regularmente cada cierto tiempo. Está sola, flotando en la oscuridad.
-          No te parece que el reflejo de la luna es muy real. Como si la auténtica luna fuera la de aquí -digo mirándole y señalando con el dedo índice la luna sobre la piscina- ¿No te parece increíble?
Juan mira la piscina, donde se refleja la luna blanca, moviéndose al imperceptible vaivén del agua. Se rasca la ceja con la mano derecha y entorna la mirada.
-          Ahora quiero tocarla, cariño. Creo que necesito llegar hasta ella. Se trata de algo que debo hacer, sin más. Necesito que me ayudes.
Una nueva melodía comienza a sonar desde la parcela contigua, ahogando el sonido estridente de la chicharra. Esta vez con más fuerza que antes. Inunda el espacio que la luna ilumina. Juan sabe lo que quiero hacer.
El agua está fría. La bata descansa ahora encima de los setos y mis pezones se ponen duros en cuanto tocan el agua. Ambos estamos desnudos de cintura para arriba. Juan me coge en volandas, envolviendo mis piernas con sus brazos y sujetando mi cuello con su mano derecha, evitando que se me venza hacia detrás. Nos situamos justo encima de ella, de la luna, y nos movemos con su mismo vaivén. Todo parece más oscuro desde esta nueva perspectiva. Solo veo el rostro de mi marido con nitidez. Como si la luna lo enfocase sólo a él. Algo parecido a un cañón de luz de los que se usan en los espectáculos. Lo demás apenas se distingue entre la nueva oscuridad.

-          ¿Quieres saber lo que me contó el médico? –dice. Sus pequeños ojos verdes y la barba remojada de tres días se me antojan algo gracioso, como ridículo-. Si es realmente lo que quieres, lo haré. No pienso que sea lo correcto, ni lo más justo para nadie. Por supuesto que tampoco quiero hacerlo, pero si tanto te empeñas, te lo diré.

Me quedo en silencio un instante. Debo pensar antes de contestarle. Aunque parezca contradictorio, ahora no me quiero precipitar. El vecindario parece haber quedado a oscuras. Desvío la mirada de la suya y entre las sombra solo distingo la claridad de la ventana, en la parcela del vecino. Ahora hay una persona asomada por ella. No distingo su rostro, pero intuyo perfectamente su cabalgante alopecia. Está sonriendo. Incluso a través de la ventana y con medio cuerpo escondido, se ve que apenas medirá más de metro y medio. Sonrío en señal de saludo. Me devuelve el saludo, haciendo una ligera inclinación de cabeza. Debo dar una respuesta a Juan, pero me cuesta un poco pronunciarla. Algo está sucediendo en mi interior. Tengo que pensarlo un momento. Es una cuestión importante y a pesar de mi insistencia, necesito volver a replantearme todo. Mi cabeza ha entrado en ebullición y siento que no puedo responder a la ligera. De todas formas, aquello que diga o haga poco va a variar lo que suceda en adelante. Nunca hubiera imaginado llegar a este lugar. No es una piscina, ni la luna. Es un lugar extraño. No sé cómo ha sucedido. El vecino sigue asomado y con una sonrisa en el rostro. Siento que deja de importarme lo que va a pasar de aquí en adelante. Las ideas recurrentes de muerte, mi anhelo por conocer el final,…, bien, pues siento como si hubiera atravesado una suerte de línea imaginaria. La música sigue sonando, ahora incluso con mayor reverberación. La lámina de agua comienza a moverse, como si hubieran puesto la piscina bajo los fogones de una cocina industrial.
-          Quiero bailar cariño.
-          No bromees –dice él-, esto es algo serio.
-          No bromeo –digo-. Quiero que bailemos. Sabes bailar y tenemos música. Baila conmigo.
Juan me mira extrañado, pero al cabo de unos segundos me suelta las piernas y las deja libres. Me coge con un brazo por la cintura, sujetándome fuerte, ayudado por el contrapeso del agua. Con la otra me rodea la espalda por debajo de mi axila y me sujeta el cuello con su mano. Comenzamos a bailar. Lo hace de maravilla. Es muy inteligente y aprendió rapidísimo. El agua no para de hervir y cada vez con mayor fuerza. Nos movemos de un lado al otro de la piscina, con el movimiento del agua. Seguimos perfectamente el ritmo de la melodía. Sin dejar de bailar pregunta.
-          ¿Qué es lo que suena ahora?
Sonrío. No había caído en la cuenta hasta ahora, pero me era muy familiar. Como algo que has escuchado hasta la saciedad y su efecto no te produce sorpresa al percibirlo de nuevo, aunque haya pasado una eternidad.
-          Es Mozart, cariño –digo-. El Réquiem de Mozart.


Jorge Gallent




Hace un frío de cojones. Y lo digo yo, que vengo de Ucrania pero es que me han dejado en
calzoncillos y se está yendo el sol. Si es que ha habido sol alguno de estos días. Quién me
mandó a mí venir aquí de vacaciones. Podría haber ido, no sé, a Valencia. Sol, playa, paela.
Llevo intentando un buen rato explicarle a alguien lo que ha pasado, pero mi inglés es muy
malo, mi español peor y del gallego mejor ni hablamos. El hecho de que esté caminando en
calzoncillos en pleno invierno tampoco ayuda. Esos chavales, me han pillado desprevenido.
En Ucrania les hubiera dado lo suyo. Me han arrinconado en un callejón y me lo han quitado
todo. La cartera con mis documentos, la cámara reflex que me prestó tía Olga, se va a
enfadar tanto cuando se entere.
— La chaqueta, el jersey y los pantalones. — no les entiendo ni papa.
— Venga tío, que te lo quites todo.— me hacen unos gestos que interpreto como una
petición poco amistosa de que me desvista.
— Buah, chaval, vamos a pillar dos gramos.
Dos gramos. Aquí nadie me entiende ni hace por entenderme. Hace tiempo que el frío y la
desesperación me han hecho empezar a soltar improperios en ucraniano. Supongo que un
señor en calzoncillos haciendo aspavientos y gritando en un idioma extraño no genera
demasiada confianza. No les culpo. Ha llegado la policía, por fin alguien a quién poder
explicarle mi situación. A estas alturas creo que estoy al borde de la hipotermia, estoy
empezando a sentir que pierdo la consciencia. El abuelo Igor siempre ha dicho que soy un
flojucho. La policía me está diciendo cosas.
— Dos gramos, dos gramos.— alcanzo a decir y me desplomo.


El enlace a la noticia:
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miércoles, 2 de enero de 2019

Noticia



LEÓN 1990

LEÓN 1990

El teniente quería hablar urgentemente conmigo. Era el responsable de la investigación del caso del
cadáver en la cripta de la catedral. Le hice pasar enseguida. Tras los formulismos habituales entró de
lleno en el asunto.
- Mi teniente coronel, tenemos un sospechoso de asesinato.
-¡Cómo! ¿Un cadáver que lleva tantos años bajo tierra y en apenas unos días ya tienen un sospechoso?
- Sí mi teniente coronel, he querido hablar con usted porque es un verdadero problema para nosotros.
El sospechoso es un compañero que se jubiló hace apenas dos años y sigue viniendo a vernos
habitualmente.
- ¡No jodas! ¿Quién es? -dije pensando en Cepedano.
- El sargento Antonio Cepedano.
Me quedé paralizado. Estaba mencionando a un amigo. Uno de los hombres más formales, cumplidores,
rectos y patriotas que había trabajado conmigo. Antes que pudiera decir nada el teniente prosiguió.
- Sé de la buena relación que ha tenido con el Sargento, por ello no he hecho oficial esta investigación
hasta que usted nos diga lo que debemos hacer. En cualquier caso me he permitido traer a la
comandancia al sospechoso con el ánimo de interrogarle. He pensado que querría usted hablar primero
con él.
- Muy bien hecho. Páseme su informe y el pericial. Dígame, ¿Cómo sospecharon de él tan pronto?
- La cripta está llena de escombros y el cadáver apareció en un recoveco con una serie de enseres
personales, en especial restos de tabaco barato. Pero en otro espacio aparecieron un montón de colillas
de tabaco más caro con el filtro mordisqueado, tal y como suele hacer el Sargento y de la misma marca
que fuma él.
- ¿Y en eso se basa para decir que es sospechoso?
- No mi teniente coronel. Ante la coincidencia fui a preguntarle si él había estado alguna vez en la cripta
y su reacción airada y negativa le delató. Llegó a dar datos que nosotros sólo sabíamos por haber estado
allí.
- En fin, una autoinculpación no da pie a dudas. Pida que me traigan el expediente personal del sargento
Cepedano y hágalo esperar hasta que lo llame.
Tras la marcha del teniente empecé a hojear el trabajo que habían hecho. Esta nueva generación de
oficiales de la Guardia Civil viene con la lección aprendida. Con estos documentos van a un juez y
Antonio se pudre en la cárcel hasta que se muera.
Llamaron a la puerta otra vez. Me traían la vida laboral de Cepedano. Me sirvió para marcar las fechas
de sus tres períodos laborales. Entró en la Guardia Civil en el 45 con sólo 22 años, su primer destino fue
perseguir maquis al norte de la provincia. Tuvo mucha actividad con varios detenidos y alguno abatido.
En uno de los enfrentamientos fue herido de muerte su compañero. Fue condecorado por su trabajo y
destinado a la capital en el 52 cuando se comprobó que ya no quedaban maquis en las montañas.
Aquí en la capital trabajó en el cumplimiento de la Ley de vagos y maleantes hasta el 70. Luego trabajó
en estas oficinas donde nos hicimos amigos. Sus ascensos fueron por méritos, no por su formación ya
que apenas sabe leer y escribir.

Me quedé un rato pensativo. Me dolía muchísimo mandar a un amigo y un auténtico patriota a prisión.
Quería saber porqué lo mató. Salvo en la época de los maquis no había disparado su arma reglamentaria
contra nadie. Sí que había realizado muchas detenciones pero sin tener que usarla.
Debía haber algo personal de su vida que yo desconocía. Habíamos hablado muchas veces de nuestras
respectivas familias y nunca salió en conversación ningún muerto ni ningún ataque a nadie cercano a él.
Quizá calló por vergüenza. Pronto saldría de dudas. Hice llamar a Cepedano al despacho. Entró
cabizbajo, pidiendo permiso como un novato, sin atreverse a mirarme a la cara. Le mandé sentarse y
tras unos segundos de silencio intenté ganármelo.
- Vamos a ver Antonio. No se ponga así que nos conocemos desde hace muchos años. Tenga en cuenta
que si está aquí es porque no está detenido ni se ha presentado todavía ninguna denuncia.
Él levantó la cabeza y me miró sorprendido. Me di cuenta que ya se había juzgado y condenado.
- ¡Cepedano leches! quiero que me cuente todo lo que pasó y por qué pasó. Sólo así podré ayudarle.
Carraspeó un poco y pidió permiso para fumar. Se lo di y enseguida sacó un cigarrillo lo encendió a la
vez que mordía fuertemente el filtro. Sentí que dudaba, pero tras un par de caladas empezó hablar.
- Sí, lo maté yo. Ese hijo de puta se lo tenía bien merecido. Era un maqui, pero no cualquier maqui. Era el
que dispara bien. El que se cargó a varios de los nuestros.
- No me estará hablando de Manuel Girón.
- ¡No mi teniente coronel, no! Ese cayó en el 51, pero era de su partida. Ya sabe que se dividían para
atacar. Se conocía el Bierzo mejor que los lugareños. Desde la muerte de Girón se movió muy poco y
trató de sobrevivir sin atacarnos. Solo robaba o pedía. Cuando nos trasladaron a todos yo sabía que él
aún estaba allí.
- ¿Qué le hizo pensar que ese hombre era el que dice?
- Nuestros servicios de información nos avisaron de un recién llegado que se movía entre los
transeúntes y maleantes de las calles. Sobrevivía como vendedor ambulante de vajilla. Me mosqueé ya
que el informe decía que era un agricultor de las montañas del Bierzo, que se vino a León a probar
fortuna ya que allí se moría de hambre.
- Sigo sin saber por qué piensa que era maqui, o mejor dicho el último maqui.
- Mi teniente coronel, recorrí el Bierzo de punta a punta. Él no era ninguno de los agricultores de la zona.
Apenas los había de su edad, y a ésos los teníamos muy vigilados.
- Siguen siendo sospechas pero no hay una sola prueba.
- Un día lo vi en la calle y le pedí que se identificara. No llevaba papeles consigo. Lo estuve interrogando
y no pude sacar nada en claro. Era listo, no entró en contradicciones y lo tuvimos que soltar. Cuando lo
volví a buscar había desaparecido. Gracias a los soplones nos enteramos que había buscado un
escondite para él solo. Sólo sabían que era muy céntrico. Se escondía como los maquis. Me costó
encontrarle, fue una tarde en la calle San Lorenzo pero él me vio y salió a la carrera. Como había
encontrado su zona y empecé a recorrer el territorio de paisano, en especial al atardecer. Tras varios
días y ayudado por la fortuna lo vi salir entre unas ruinas al lado de la catedral. Dejé que se fuera y luego
me acerqué. Había encontrado su escondite. Era un pequeño agujero tapado por matorrales que daba
acceso a la cripta de la catedral.
- ¿En qué año fue lo que me está contando?
- En el 62. Un día que libraba me acerque y esperé a que saliera. cuando salió dejé que se alejase y me
metí yo en su agujero. Lo recorrí. encontré su escondite y busque otro para mí para esperarle. Habían

unas tumbas grandes muy antiguas y me pude meter entre ellas. Esperé varias horas hasta que regresó.
Cuando lo hizo le cerré el paso hacia la salida apuntándole con la pistola y con una linterna.
- ¿Confesó que era maqui?
- No. De haberlo hecho lo habría sacado de allí para entregarlo. Se negó a confesar. Tenía muy claro que
no tenía ninguna sola prueba contra él. Se envalentonó sabiendo que lo que dijera allí no me iba a servir
para nada. Me dijo que declararía que se había tenido que refugiar allí porque yo le perseguía y que
serían muchos de los que viven en la calle que estarían dispuestos a declarar contra mí. Sabía que los
maleantes tenían muchas ganas de perjudicarme y que no saldría bien parado de todo aquello. Debió
captar mis dudas ya que trató de escapar. Me tiró tierra a la cara y corrió hacia la salida. Disparé sin ver
nada. Le di en el vientre. Tardó muy poco en morir. No me dijo nada pero en su mirada me sorprendió
que no había ninguna rabia por matarlo. Lo que vi era casi un gesto de agradecimiento. No entendí nada
en ese momento pero con el tiempo comprendí que casi me daba las gracias por quitarlo de en medio.
Debía estar cansado de vivir huyendo.
- ¿Se fue de allí nada más murió?
- No. Lo acomodé en su jergón y busqué por el suelo hasta encontrar la bala. Luego salí y cerré el
agujero con la piedra más grande que puede encontrar.
Tenía que encontrar alguna forma de sacarlo del lío en el que se había metido. Le pedí que saliera y que
esperara y llamé de nuevo al teniente. Necesitaba más información. Cuando llegó le hice sentarse y le
pedí que me aclarase como habían descubierto el cadáver.
- Por una llamada de unos obreros que haciendo unas obras de mantenimiento se lo encontraron.
Fuimos a investigar, pero no quisimos hacer nada ante el juez hasta saber si el cadáver era reciente o era
antiguo entre basura de este siglo. Ahora sabemos de golpe que es de este siglo y quien lo mató.
- ¿Con quién hablaste? ¿con los obreros o con alguien más?
- Sólo con los obreros. Ellos lo trasmitieron al capataz. Lo sé porque me acaba de llamar para decirme
que no quedan fondos para seguir con la obra y tienen que volver a cerrar la cripta. Quiere saber si
pueden sellar la cripta con el cadáver dentro o no.
-¿Les has dicho que hacer?
-Le he dicho que esperaba ordenes de la superioridad y que le llamaría en breve.
Me quedé unos segundos en silencio y tratando que el teniente no viera mi sonrisa le dije
- Muchas gracias teniente. Asumo yo este caso. Páseme el teléfono del capataz.
Tenía claro que hacer. Ordenar el cierre de la cripta y decir que si nuestras investigaciones nos obligaban
a abrirla ya nos encargaríamos nosotros.
En cuanto se fue el teniente hice pasar de nuevo a Antonio. No le deje sentarse. Me acerqué a él , le di
un abrazo y le dije que era el tipo con más suerte del mundo. Él no entendía lo que le decía hasta que le
explique que iban a cerrar la cripta con el muerto dentro.
- ¿Qué van hacer con el cadáver?
- Si en todos estos años nadie ha preguntado por él no creo que ahora lo busquen. La Guardia Civil no va
hacer nada, pero usted sí.
Me miró perplejo sin saber a que me refería así que le aclaré la situación.

- En cuanto cierren la cripta va a ir a mover la piedra con la que tapó el agujero. Sacará el cadáver sin
dejarse un solo hueso y le dará cristiana sepultura. No me importa dónde pero que quede enterrado
donde no lo puedan encontrar.
- ¿Por qué he de llevarme el cadáver?
- Porque si no lo encontrarán en la próxima excavación y con nuevos métodos científicos pueden
descubrir que lo mato usted y nos acusarán de protegerle, pero si no hay muerto no habrá investigación.
Antonio me abrazo llorando. En ese momento me sentí orgulloso de haber salvado a un patriota de toda
la vida.
Pasado un mes me dijo que, tanto el cadáver como las colillas que lo delataron ya estaban donde nadie
podría encontrarlos. Ahora, para cerrar definitivamente el caso, sólo me quedaba ayudar a promocionar
al teniente a capitán en la comandancia de otra provincia.