DISFRUTAR CADA MOMENTO
Nunca antes había estado en un lugar similar, ni si
quiera en una de las típicas despedidas de soltera de ninguna de sus amigas. Lo
más parecido a ese lugar eran las discotecas a las que, de joven, había ido,
tampoco tantas. No era una mujer de discotecas, no le gustaba la noche, ni beber,
ni trasnochar. Lo que con más cariño y ternura recordaba, de sus noches de
juventud, eran las noches de verano en aquel frontón, noches en las que, a
pesar de la oscuridad, no había sitio para la soledad. Rodeada de amigos. Toda
una vida por delante, segura, confiada, tranquila.
Ahora no se sentía sola, mucha gente le quería, pero
una extraña sensación navegaba sin rumbo en su interior. Necesitaba aire puro,
el sol rozando todas y cada una de las partes de su cuerpo, ese sol que
tardaría en tener de nuevo, esa paz que
había desaparecido. Ahora más que nunca, le faltaba el aliento, el aire y el
consuelo.
Toda la noche en aquel club de streaptease no había
hecho más que empeorar las cosas. Buscaba la oscuridad para asesinarla, y una
vez hecho, buscaría la luz, para casarse con ella.
Arrepentida, confundida, asustada, salió de aquel
lugar en el que había pasado la noche ella sola. Quería desnudar su alma pero
no sabía como. Quizás allí, donde desnudan su cuerpo, pensó, encontraré la
clave para desnudarme, para despojarme de todo lo que me roza, me irrita y me
atormenta. Caras extrañas, ojos viciosos, ruido, luces de colores y olor a
ambientador barato. Rincones vacíos y aire acondicionado intenso. Era como si
necesitara tocar fondo, para poder empezar de cero.
Salió de aquel horrible lugar y buscó un sitio
tranquilo, soleado y fresco al mismo tiempo, donde poder encontrarse a sí misma
y recuperar la paz. El fresco de la mañana consiguió despertarla. Ese sol que
todavía no quemaba le reconfortaba. Había llovido esa noche, y el agua de la
lluvia había permitido brillar al verde de los árboles. Tenían un color
precioso, una mezcla de verdes intensos que incluso deslumbraban. Una brisa
suave movía las hojas y las hacía cambiar de color, oro-verde, oro-verde,
oro-verde. Volvió a esa placita donde años atrás había estado, esa plaza
alegre, llena de gente, de música, de arte, de vida. Y allí estaba. Vislumbró su
sonrisa desde lejos. Era alto, moreno, fuerte y tan guapo, que parecía sacado
de una de esas pelis románticas en las que todo es perfecto, de esas historias
que un día exisitieron pero que ahora ya no existían. Pero él sí existía,
seguía estando ahí para alegrarle. Buscó una mesa próxima a donde él estaba y
se sentó. Se quedó maravillada con uno de sus cuadros. Había decenas de ellos a
su alrededor. Eran todos preciosos, pero había uno en concreto que le cautivó. Él
la había retratado hacía ya algunos años, en la playa, recordando una tarde de
verano. Ella estaba de pie en la arena. Era joven, alegre, divertida y tan
bonita, que todos la miraban. De pié, con ese vestido largo, que dejaba ver su
silueta, y su pelo al viento, que aunque tapaba su rostro, dejaba ver su
maravillosa sonrisa, sus dientes perfectos. Ese pelo y esos dientes que
tardaría en lucir de nuevo. Un grupo de niños y niñas, sentados en la arena la
observaban con emoción y escuchaban un cuento que ella se había inventado.
Algunas tardes, cuando veía que los niños se aburrían, se los llevaba a la
playa y les contaba un cuento, luego jugaban y se bañaban toda la tarde hasta
que él sol se retiraba. Cuanto disfrutaba haciendo esto.
-
¿Qué
es lo que más te gusta hacer? – le preguntó hace años
-
No sé,
me gusta el verano.
-
Cuéntame
algo con lo que disfrutes en esos veranos.
-
Me
encanta llevarme a los niños a la playa, cuando veo que están aburridos, y
contarles una historia con moraleja, y después bañarnos y jugar hasta
cansarnos, hasta que el sol se aburre de nosostros y dedide retirarse a
descansar, para reponer la energía que necesita para alegrarnos de nuevo.
Después de algunos años, todavía seguía allí, en el
mismo lugar donde un día, hace años, él le dedicó su tiempo. No quiso venderle
el cuadro, lo quiso para él. Jamás lo venderé, le dijo, tú serás mi musa, mi
inspiración, mi aliento. Ella acababa de casarse, estaba en París por su luna
de miel. Había salido a pasear por la mañana, pronto, cuando el fresquito de la
mañana te despierta, y el sol no quema. La historia se repetía.
Ahora, ella seguía casada, y él seguía allí. Estaba
hablando con un señor que parecía entrañable, comentaba acerca de uno de sus
cuadros, la conversación terminó y se despidieron, y entonces él se giró y la
vió. La reconoció desde el primer momento. Ya no era tan jóven, ni tan alegre,
pero seguía siendo igual de bonita que entonces.
-
Hola.
-
Hola.
-
Sabía
que algún día volvería a verte.
-
Sigues
teniendo mi cuadro.
-
Y tú
sigues siendo tan guapa como siempre.
-
¿Me lo
venderás esta vez?
-
Si lo
hiciera, no volvería a verte.
Ella volvió a sonreir, y por un momento se olvidó de
todo. Él le pidió permiso y se sentó con ella.
-
Buenos
días, ¿qué desean tomar? - les preguntó
en francés el camarero.
-
Un
curasán y un café con leche – dijo ella.
-
Yo
tomaré lo mismo – dijo él.
El camarero se marchó y entonces él le preguntó.
-
¿Qué
te pasa?, ¿qué te inquieta?, ¿qué te preocupa?
Pasaron la mañana juntos, y como nunca antes había
hecho con nadie, le contó su vida, su problema, su miedo.
-
No
puedes seguir escondiéndote. Has de afrontar este reto. Por mucho que quieras
que esto no te afecte, es imposible. No va ser fácil, ni rápido, pero tampoco
eterno, y marcará tu vida sin tú quererlo. Has de tomar las riendas y domar la
fiera, y sin darte cuenta, volverás a ser libre de nuevo, más libre que nunca, todo lo libre que tú quieras. Ahora
tienes tiempo para pensar y empezar de nuevo, o quizás simplemente continuar.
No huyas, vence al miedo. Tú tienes, sin duda, más poder, más fuerza, y esa
magia que el miedo nunca tendrá. Seguramente no es justo, pero a veces, así, se
aprende a disfrutar de cada pequeño momento.
Como dentadura sin dientes se sentía ella. Antes
sonreía, ahora no podía, y detrás de esa sonrisa, todo se escondía. Ahora, sin
dientes, sin sonrisa, todo eran huecos en los que colar las penas y los miedos.
Sólo perdería el pelo, del resto, de ella sólo dependía. Si ella se empeñaba,
no tenía porqué perder esa sonrisa, esa magia que ella sólo tenía. Y el pelo
saldría de nuevo.
-
Lucha.
Lucha cada minuto, cada segundo. Ganarás seguro. Y una vez lo hayas conseguido,
nunca más te escondas, nunca más permitas que nadie cambie una dentadura por tu
maravillosa sonrisa.
No le hizo falta un beso, ni si quiera más tiempo a su
lado. Volvió a marcharse de nuevo, más segura, más fuerte y convencida, de que
estaba enferma pero no vencida.
Entonces, sonó la alarma de su móvil. Se había
acostado la siesta. Esa siesta que ahora tanto necesitaba para recargar pilas y
afrontar todo lo que tenía que hacer cada tarde. Sus hijos estaban a punto de
volver del colegio. Cogió el teléfono y me llamó.
-
Soy
yo, ¿puedes hablar?
-
Claro
que puedo.
(Ahora más que nunca, era lo que más me apetecía,
hablar con ella, escucharle, estar cerca)
-
He
tenido un sueño muy extraño, pero ha sido fantástico. Ahora lo veo todo más
claro.
Me contó el sueño, era realmente fantástico, como si
alguien, desde un lugar sobrenatural lo hubiera ideado simplemente para
ayudarle, para darle fuerza, para abrirle paso, para enseñarle el camino.
-
La
verdad es que sí que es extraño, pero tan mágico, y tan real al mismo tiempo.
Es como si alguien lo hubiera pensado para tí.
-
No sé
muy bien que significan ese club, ese pintor y esa dentadura, pero me han
ayudado a pensar. Me he despertado como con más ganas de hacer, sentir y
disfrutar.
-
Quizás
el club sea el reflejo de lo que puedes ver si te dejas vencer, si te
desanimas, si te rindes. El pintor...
-
El
pintor sois tú y mis amigas, mi familia, mi marido, mis hijos, toda la gente
que me quiere – me interrumpió ella.
-
¿Y la
dentadura? – le pregunté.
-
La
dentadura nos recuerda que sonreír es lo más importante – me contestó casi sin
pensarlo - que pase lo que pase, nunca debemos perder la sonrisa, y si en algún
momento flaqueamos, que es humano, es lo primero que debemos recuperar.
-
Sí,
sonreír es tan importante. Es imposible sonreír y estar triste. Aunque sólo sea
por un isntante, la sonrisa te devuelve la alegría. Qué fácil es sonreír y
cuanto parece que cuesta. Cuanto cambiaría todo si la gente fuera más amable y
sonriera más.
Tuvieron una larga conversación acerca del sueño y de
su significado. La interrumpieron cuando sonó el timbre. Los niños acababan de
llegar.
-
Bueno,
tengo que dejarte, acaban de llegar tus sobrinos.
-
Me ha
encantado compartir contigo tu sueño – le dije.
-
Gracias.
Acabo de decidir que esto no es una enfermedad, sino una oportunidad que me da
la vida para..., no se muy bien para qué, pero lo iremos descubriendo.
-
Eres
genial.
-
Te
quiero – me dijo como de costumbre
-
Y yo a
ti mucho más.
Y como casi cada día, se acabó la conversación. Un
largo aprendizaje nos esperaba. Sería duro, de eso no teníamos duda, pero
íbamos a ser unas alumnas excelentes. Nuestro grupo de trabajo (familia y
amigos) era fantástico, el mejor de todos, y juntos teníamos que sacar muy
buena nota. Una nota que nos permitiera entrar en la carrera de la valentía, de
la ilusión, de la energía, del disfrutar cada momento en la vida. A veces,
dudábamos, flaqueábamos, nos dejábamos llevar por la apatía, la desgana y la
tristeza, pero teníamos suerte, mucha suerte, y a pesar de que era difícil
sonreir y divertirse, sabiendo que mucha gente sufría, encontraríamos la manera
de disfrutar y hacer que mucha gente también lo hiciera.
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