martes, 9 de abril de 2019


                               
                                        Ocho tragos 

Estoy sentado en la barra de un bar sembrada de copas de cristal, 
Con espuma, hielos y aceitunas verdes. 
También música de voces roncas y risas. 
La televisión apagada en una esquina. 
Delante de mis ojos un vaso de chupito y una botella de Tequila. 
En frente, un espejo. 
Me dijeron cuál era la pista por donde despegar, 
me marcaron el itinerario: 
La pizarra y los cafés, 
Las camisas abotonadas con corbata, 
La tabla de Excel y el Debe 
(Uno) 
La cruz y las campanadas, 
El mismo lado de la cama, 
El mismo postre 
(Dos) 
Los biberones, los parques, 
las reuniones del AMPA, las películas de Disney, 
(Tres) 
El mismo paisaje, la misma foto, 
El mismo calendario será suficiente para todos los años, 
No lo cambies, no. 
El camino no tiene retorno, 
(Cuatro) 
Dicen que la medicina que tomo no es buena para mí, 
la tengo prohibida, me mata, 
Yo digo que… ¡Una mierda! 
Aquí o en otra parte, seguiré tomándola, 
(Cinco) 
Seguiré tomándola. 
(Seis) 
¿Qué saben ellos de la enfermedad de mi alma? 
¿Acaso me han preguntado? 
¿me preguntaron entonces? 
(Siete) 
La botella de Tequila ya está medio vacía. 
Veo “mis reflejos” en el espejo y 
Pienso: 
Aterrizaré donde me plazca, donde me rote, 
Al menos el final del camino será mío. 
Puedo distinguir algo dentro de la televisión, sí, puedo, de verdad: 
un oso, ¡un puto oso rascándose la espalda en un árbol! 
¡A tu salud! 
(Ocho) 
Dejo un billete y me marcho 
Quedaos el cambio. 


Rafael Mercé



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